
Como el agua

Al sentarse ha notado, que la vida se le ha caído a los pies. Como un peso muerto, fulminante, sin tiempo de reacción. Yo la miro y la veo descender su mirada intentando trascribir la belleza que no hace tanto encontró en ella. Apenas lo intenta, le fallan las fuerzas.
Me siento a su lado y le paso mi brazo por su espalda. Cansada como está, no tarda un segundo en dejarse caer en mi hombro. Por si pudiese acompañarla a sostener este momento que le va mil tallas por encima de la suya.
Ella querría descansar sobre el hombro de quien ya no está, pero en lugar de eso, le lleva flores frescas y las observa mientras reposa sobre el mío.
Para poner color a este momento, si es que eso es posible. Para traer algo de vida ante la muerte.

Son esos momentos para los que uno nunca está hecho. Llegan desbordando el agua del río que luego hay que aprender a cruzar.
La sostengo, con los pies inundados como ella, con la única protección de unas sandalias de tiras recién sacadas del armario. Las uñas de los pies todavía están sin pintar, y probablemente vayan a pasar así, sin color, el resto del verano.
Despedirse. Despedirse de quien se ama es para toda la vida. Y aquí está ella, todavía sin saber la magnitud ni las paredes que puede llegar a alcanzar, cada letra de ese verbo.
Ese verbo es como el agua que ahora nos baña hasta los tobillos. La que se colará por las calles y inundará los sótanos. Los de las casas, los de su alma, los de su corazón.
La misma agua que engrasa y mueve el mundo, ahora la ahoga.
No quiere marcharse de aquí, porque no sabe qué hacer en cualquier otro lugar. Justo ahora que los días son largos, ella quisiera acortarlos.
Se hace tarde, y le propongo acompañarla a su casa a paso lento, porque ya no hay prisas que valgan.
Antes de marchar, se levanta y recoge un poquito de agua para vestir a los ramos. Y sabe, sabe que esa agua es el amor que puede entregar a esas flores, para que le acompañen en su ausencia.
Caminamos tratando de mantener el equilibrio, como si fuese la primera vez que nos atrevemos a hacerlo. Con la calma de los días lentos que van a venir, entre las calles que se van a ir construyendo de nuevo.
Saca las llaves para abrir la puerta de casa. Justo en ese momento levanta la mirada del suelo y me mira por primera vez. Me da las gracias. Le digo que me quedo a cenar, y sin quererlo, empieza a poner un pie todavía mojado, en el primer paso de ese largo y a veces despiadado puente, que habrá que cruzar cuando el agua vaya volviendo a su cauce.

Para encontrarse con él a cada paso. Para al fin dejarle marchar y contemplar de nuevo, algún vestigio de esa belleza, que hoy ha quedado sumergida en la oscuridad.