
Para regalo

Tiene un banco en el balcón, en el que se ha sentado a ver salir el sol y escuchar el silencio que sólo habita a esa hora de la mañana. Es sábado y se ha concedido un momento para detenerse y cerrar los ojos. Al hacerlo, le ha venido, sin saber de dónde, el recuerdo de cuando era pequeña.
Al llegar las vacaciones de verano, abría la tabla de planchar que había en casa y la ponía en la posición más baja. Ella se situaba detrás sin ninguna intención de planchar, porque ese era su mostrador.
Tras ella ponía un escritorio que utilizaba para exponer libretas, bolígrafos, rotuladores, carpetas. Ese era su juego, su tienda. La papelería de Carla.
Recortaba papeles para poner precio a todo cuanto ofrecía, y lo enganchaba debajo de cada estante con un trocito de celo. Allí empezaba su jornada.
Imaginaba la gente que pasaba por allí, y la emoción cuando alguien se detenía, abría la puerta, y ella les atendía.

Tenía una libreta de facturas donde hacía los tickets para sus clientes, después de haber envuelto delicadamente sus compras. Utilizaba siempre los papeles de regalo más bonitos que tenía, aunque no fueran para regalo.
Esa era la parte que más le gustaba. La ilusionaba empaquetar todo aquello pensando que al llegar a casa lo desembalarían con el mismo cariño con el que ella lo envolvía, y se sorprenderían al ver lo que había dentro.
Tenía abierto mientras le quedaba material y después cerraba. Cerraba hasta el día siguiente, que Carla volvería a abrir su papelería con nuevos materiales.
Los nuevos materiales eran todo lo que había vendido, desenvuelto y expuesto de nuevo.
Y así, día tras día, vivía el verano y pasaba sus vacaciones. Vacaciones que, por cierto, este año no tiene porque es la última que ha entrado en la oficina, y tiene que cubrir las de sus compañeros.
Ella es la que ve la alegría en sus caras y en sus cuerpos que ya se destensan incluso antes de marchar. También es la que sigue ahí cuando vuelven con sus rostros relajados, sus pieles morenas y sus viajes por explicar.
Carla no tiene vacaciones y no va a cumplir con el ideal de verano. Ha empalmado un trabajo con otro y ya no sabe desde cuándo no ha hecho un viaje, pero igualmente les escuchará con atención cuando ellos, ilusionados, comenten las suyas.
Igualmente está contenta, porque está viendo salir el sol, y si algo está deseando, es que sea la hora que abran las tiendas para ir a la papelería del pueblo.
Comprará una libreta y un bolígrafo, y probablemente alguna cosa más de esas que tanto le gustan y nunca se permite, y le pedirá a la señora Carmen que, por favor, se lo envuelva para regalo.
O quizá mejor, comprará el papel de regalo más bonito que encuentre, y se lo envolverá al llegar a casa para abrirlo mañana mientras de nuevo ve salir el sol.
