
Si me acompañas

Te espero por si me acompañas para dar nuestro paseo de la tarde.
Se acerca la hora, y me doy prisa para dejarlo todo preparado y así poder alargar ese ratito juntos. Me miro al espejo, me paso las manos por el pelo como si eso fuese a moldear mi peinado encrespado de verano, y ya me veo lista para salir a recorrer las calles del barrio.
Hace semanas que ese paseo es alivio y es desahogo. Hace semanas que tu compañía me abraza y en cierto modo me protege.
Con los años, no he aprendido a estar sola. Al contrario, me transformo en un gris de cielo cerrado por el que el sol no encuentra camino ni lugar. Ni por la ranurita de la puerta a veces. Ni un diminuto espacio entre pensamiento y pensamiento por el que pueda colarse la luz.
Esas tardes soy desazón, caballo desbocado en mitad del más puro drama jamás creado.
En esos momentos no me hables de cuando el cielo se abre ni de cuando me deslumbra la luz. Sé bien que sucede, pero esta temporada difícil la añoranza aprieta. Ciñe y me hace querer esperarte para pasear contigo por estos inclinados caminos, y sentir que no me importa tanto su pendiente si me acompañas.
Puedo descansar un rato de sostenerme y de aguantar en pie este cuerpo a veces tan pequeño, y a veces tan pesado cuando pierde la dirección y el enfoque y sólo sabe de mirarse a él mismo.
Por eso espero los paseos. Para mirar afuera, para ver las flores y esas señoras que se sientan cada día con sus sillas en círculo en mitad de la rambla. Esas que siempre hablan de comida.
La que se lleva a su nieta que nos mira al pasar con compasión, preguntándose porque tan fuera de lugar. Aquella que se mantiene ajena a esas conversaciones en forma de recetarios que no le interesan lo más mínimo. La que siempre habla sin dejar que las demás terminen.
Cada día las miro al pasar, y me pregunto qué harán en invierno, cuando sus sillas están plegadas y la noche cae tan temprano. Cuando sus batas están en el último cajón del armario. Cuando las recetas son caldos que pasan horas en el fuego para templar el cuerpo.
Me pregunto si ahora que están ahí, se fijarán en que nosotros también pasamos a diario por allí. Si antes de esas reuniones también se habrán sentido solas esperando el momento de sacar su silla a sentarse al lado de otras.
Y la de veces, la de veces que nos hemos mirado sin conocernos y con la mirada nos hemos dicho que es verdad, que no tenemos mucho de que hablar, que nuestras vidas pueden parecer sencillas, y que ya no nos quedan recetas por inventar, pero esos momentos somos más que nuestro propio cuerpo. Vemos lo que nos rodea, nos sentimos iguales, y al fin, nos sentimos acompañadas.

Y mañana también te esperaré, por si me acompañas de nuevo. Porque en la más íntima soledad nos da miedo no ser nadie. Pero mientras ellas están sentadas en círculo para hacer “piña”, para sentirse unidas, y yo estoy paseando contigo, nos miramos y sabemos que ahí respiramos más tranquilas.