
En mitad de la noche

Se levantan cansados, con los ojos hinchados y los hombros agachados. Han llorado en mitad de la noche.
Ella se incorpora y deja caer los pies en su lado de la cama y él se levanta para sentarse con ella.
Se abrazan y lloran de nuevo porque no hay palabras ni promesas que puedan contener un río tan desbordado. Tan capaz de devastar su propia naturaleza.
Estar ahí, sentados, aplacados, es su mayor templanza. La forma más coherente de estar en pie. Porque no, por más que les digan, no se sienten fuertes ni capaces de adentrarse en ese mundo agitado y en ese caos de vidas ciegas.
Ellos, como todos, querían una vida repleta de luz, de puertas abiertas, de amores tan eternos como el que ellos sienten sentados en el borde de la cama.
Querían una vida que no apagase tan pronto las luces ni cerrase tan de golpe las puertas, pero las palabras que escuchan se les atragantan, como ese hilo que se ha enredado en su vientre, como esa ola que rompe contra las rocas.

Sus vidas han quedado atrapadas bajo una montaña de arena, al saber que uno de sus cuerpos se está debilitando instante tras instante, sin saber como levantar murallas con toda esa arena, que consigan fortalecerlo.
Ya no saben cuál de ellos, porque esas palabras se les enzarzan y revuelven el mar de sus mentes por igual.
Y les queda brillo, sí, todavía les queda el brillo de la propia vida. Pero les cuesta verlo, les cuesta escuchar a los pájaros y ver ardillas en el campo.
No lo niegan, a veces les dio miedo la vida, pero querían atreverse. Les paralizaba verse sobrecogidos por la intensidad, pero tenían la ilusión de ser capaces. Se les alzaban en frente montañas de subidas interminables, pero querían probar de ascenderlas y bajar por los toboganes de agua que hay al otro lado.
No sabían. No sabían si estaban preparados para una vida de tales dimensiones. A veces estaban asustados. Atemorizados más bien. Pero siempre encontraban una ilusión a su alrededor. Una confianza que les alzaba de nuevo. Una fuerza que les hacía sonreír. Sonreír en ese espacio tan suyo, que hoy se ha convertido en un trastero cargado de cajas vacías, de cosas tan inútiles.
Porque ahora, lo que no saben, es cuántas noches les quedan para llorar juntos. No saben nada, nunca han sabido nada, pero entre lágrimas pueden recordar dónde está el mar. Para mojar sus pies en esas aguas hoy tan revueltas, hasta lograr encontrar un instante de quietud y de la valentía, que a pesar de todo, les mantiene en pie.
Y tal vez. Tal vez puedan adentrarse en ese mar con una de esas barcas de pedales, y pedalear como pedalean sus días, y sentirse en medio del océano como se sienten en mitad de la vida. Como lloran en mitad de la noche.
