Al otro lado del mar

Al otro lado del mar

Callejón-blanco-Al otro lado del mar

Ha vuelto a ese rincón que la salva del ruido, de los coches, de las prisas. A ese rincón azul de casas blancas desde el que ve los barcos flotando en mitad del brillo del mar. Está al final de una calle que ha tenido que remontar cuesta arriba con la bici en la mano, porque no le daban las piernas. Desde ahí, la estrechez del callejón entre las casas, sólo le permite ver un trocito pequeño de ese mar que es tan inmenso, como hoy siente que lo es su vida.

Su vida ha perdido los límites. Nada de lo que sucede está en sus manos y todo se le escapa por esos recovecos que ella jamás ha podido ni podrá controlar. Lo ha intentado durante mucho tiempo, pero ya ha cedido. La vida es incontrolable y la suya no es una excepción. Para lo bueno y para lo malo, sabe que todo es posible, ahora y en cualquier otro momento.

Tal vez por eso, ha venido a pasar los meses de verano con su familia a este recodo al que nunca antes habría añadido a su lista. Este es uno de esos lugares en los que no resuena el movimiento de los días. Todo está tan quieto que ni el tiempo parece tener sentido.

Después de la primera noche aquí, y de haber dormido más bien poco, ha aprovechado que ahora sí, su hija duerme, para ir a comprar unos croissants. Ha vuelto con ellos y la bici en mano, que le pesa tanto como lo hacen sus ojos. Hace unos meses en los que dormir se ha vuelto una necesidad, al mismo tiempo que un no poder. Las treguas de su hija por la noche son tan cortas, que ya el hormigueo en sus párpados y en su frente sólo le permiten suspirar y levantarse de nuevo.

Croissant-Al otro lado del mar

Pero va a desayunar un croissant recién salido del horno. Porque ese es hoy su respiro y su manera de entender que todavía puede disfrutar de esos momentos que parecen pequeños, pero que están llenos de los dos.

De ella, de su compañero que la espera preparando esos cafés con leche bien largos, que apurarán trago a trago en esa terraza, que da al otro lado del mar. Suele pasarle que topa con los balcones que dan al otro lado, y que ya son los que más le gustan, de tantas ventajas que les ha ido buscando cada vez que da con uno de ellos. Porque si algo hace bien, es ver el lado positivo de las cosas.

Y se miran, y lo saben, y les falta. Hay veces en que les falta la música. Y la alegría. Y el color. A veces les falta y a veces no es sencillo. A veces les fallan las fuerzas y se faltan a ellos mismos y se quiebran. Lo entienden al mirarse. Se despedazan por no verse y por eso hoy se miran.

Se atienden justo antes de escuchar el llanto que les busca, les llama y les precisa. Justo antes de dejar de ser ellos, él le pregunta cómo está, y ella no duda un momento. Está cansada pero feliz. Tiene miedo pero se siente en paz. No parece fácil, pero están juntos, y eso, eso es mejor que las vistas al mar, que dormir del tirón, que alargar el desayuno hasta el mediodía, y que estar de vacaciones en Nueva York.

Porque también saben que a veces lo sencillo es extraordinario y a veces un instante es la vida entera.

Así que van a ir a por sus bañadores, a por la sombrilla, los gorros, el cubo, y el rastrillo y la pala por si hace falta aplanar el camino. En su primer día de playa o en cualquier otro en que las subidas se yergan sin dejarles ver el final. Porque las vistas al otro lado a veces son confusas, pero siempre guardan algo de belleza y siempre llegan al mar.

Caracoles de mar

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