
Su mayor victoria

Ha querido mirar al frente, pero la vista se le ha ido a los lados anhelando saber de dónde parte. Ha querido mirar hacia arriba buscando el cielo, pero los ojos se le han abatido quedándose en el horizonte. Se ha plantado a su misma altura, ahí donde el mar parece terminar, y casi podría decir que se ha rendido antes de empezar. Él, tan íntegro, tan convincente. Ella, tan vulnerable, tan dudosa. Le ha parecido que no había batalla posible. Que deshacerse a sus pies era su mayor victoria.
Anda, como de costumbre, descalza en la orilla del mar. Y es que nada puede devolverle más, que esa sensación de hundir los pies en la arena mientras las olas se llevan sus huellas. Ahí sólo hay presente. El pasado se borra continuamente y ni rastro queda de los pasos que la han traído a este lugar.
Se ha ido de la que hasta hoy ha sido su casa. En ella abandona su olor, sus costumbres, su cuerpo y casi su vida. En ella se queda él, que siempre es de más y siempre dice sí.
Se queda todo, porque ahora lo único que sostiene son las chanclas en su mano y un vestido blanco que el viento le arrapa a las piernas. Se le ha ceñido al cuerpo como también se le ha estrechado la vida.
La inmensidad del mar es el aire que respira para no sentir la sensación de esas manos en su cuello que la aprietan y le cortan la respiración.

No se atreve a llorar y quizá incluso se sentiría más capaz de reírse a carcajadas de ella misma. Porque se creyó reina y ahora es peón sin capacidad de retroceder. Se creyó miss y ahora quiere desbaratar su cuerpo para dejarlo caer en cualquier lugar. Quiere descansar. Cerrar los ojos y que el mundo duerma con ella sin atreverse a dar un paso.
Reposaría de este día que no cabe en su historia. De este peso que la aplaca. De este sentirse minúscula en mitad del mar.
Abandonaría ese querer ser quien no es, porque no quería quedarse. No podía más. Se le cerraban los días antes de abrirlos. Las persianas se le bajaban antes de subirlas. Se le apagaba la vida que ya no era vida.
Se ha ido y ahora busca en el horizonte un lugar a dónde ir. Una sala de espera que le conceda el tiempo de creer que queda una posibilidad.
Quiere intentarlo a pesar de que en este momento se la podría llevar el viento. Quiere ver luz ante sus ojos y no ese embrollo que no la dejaba ver.
No siempre, pero a veces cree que va a ser fácil. Que en cada paso se abrirá el camino. Que la vida le vendrá por la izquierda cuando ella esté mirando a la derecha.
No siempre, pero a veces cree que cada día va a tener algo que estrenar.
Mira al horizonte con los ojos rendidos, porque esa es hoy su mayor victoria. Si algo está por empezar, debe de estar ahí. Si algo está por llegar, será el mar quien lo traiga a sus pies.
Y llegará. Llegará la fuerza. Nacerán esas ganas de lucha incansable que la encaminarán a sentirse libre en ese vestido holgado que ahora la oprime. Sabe que si hay algo que ahora tiene sentido, es saberse vencida ante ese mar que le devolverá la vida.
