La recuerdo volando

La recuerdo volando

La-recuerda-volando cóndor

Quería estar más tiempo con ella, pero no podía, a ella le gustaba volar. Desde que era pequeño, la recuerdo volando de un lugar a otro.

Me negaba a negar que sufría de su partida. Intentaba llamar su atención de mil formas distintas. Inventaba pasatiempos, saltaba a su alrededor, tiraba de su falda. Pensaba que tenía la capacidad de hacer que se quedara a mi lado, pero mi corazón se entristecía al ver que un día más, mis esfuerzos eran vanos. Mis pésimos resultados me hacían rebajar la creencia en mis aptitudes, pero yo, como el niño testarudo y cabezota que era y soy, no dejaba de intentarlo.

Cada día un baile distinto o un nuevo tintineo. Todo valía por conseguir que se quedara un rato más, calmando así mi alma sedienta de su presencia.

Mis talentos no mejoraban, pero refutaba la idea de conformarme a la espera de su vuelta, y si mis ingenios no funcionaban, entonces pataleaba para descargar mi enfado conmigo mismo, por no ser capaz de ingeniar una llamada más poderosa.

A mí no se me daba bien volar, por más que lo intentaba, mis alas no cogían fuerza y no lograba más que seguirle los primeros metros, hasta que la perdía de vista. Caía, agotado y desconsolado, y volvía a probarlo de nuevo. Pero lo cierto, es que tampoco mejoré en mi dominio del aire para alzar el vuelo

Una mañana, con los ojos nublados y el cuello dolorido de tanto mirar al cielo, comprendí que ella no podía dejar de volar. Era su manera de ser y de estar en el mundo. Volaba ágil. Su vuelo era majestuoso como el del cóndor, y transformé la soledad que sentía al verla marchar, por aprender a maravillarme de su vuelo.

Cada regreso lo disfrutaba más que el anterior, y cada vez que ella partía, mi corazón se alzaba con ella y abría mis alas hasta su siguiente llegada. A veces incluso pensaba que quizá empezaba a alegrarme de ver su esplendor en el cielo, el brillo en sus alas, la luz que desprendía cuando volaba libre.

Y caí de nuevo, pero esta vez, rendido ante la alegría que ella mostraba cada vez que regresaba. Siempre lo hizo, pero mi enfado no me permitía aceptar su felicidad cuando ya planeaba de vuelta.

Ella necesitaba volar para alcanzar su paz, y yo necesité caer para comprender que cada uno tiene su manera de estar en el mundo. La mía no es en el aire, pero eso no nos impide crecer, ni compartir nuestras experiencias cuando estamos juntos. Cada uno recibe, admira y celebra las habilidades del otro.

Ahora ya no alza el vuelo tan alto y está más a mi lado, pero cuando la imagino feliz, siempre la recuerdo volando.

Mi cuello largo, acostumbrado a mirar al cielo, espera impaciente el momento de alzar la vista, y disfrutar el esplendor del vuelo del cóndor.

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