El camino

El camino

Me cuelgo la mochila a la espalda. Voy a dar un paseo largo por aquel camino de montaña.

Tú me enseñaste a caminar en ella, a poner un pie delante de otro, a no tener miedo si el suceso de pasos me llevaba a un lugar desconocido. Yo veía todos los árboles iguales, y me aterrorizaba pensar que una vez pasado uno, ya no sabría volver al anterior.

Me imaginaba perdida en medio del bosque al caer la noche, y me quedaba sin aire. Entonces te acercabas, con paciencia me enseñabas el mapa, mostrándome el lugar en el que estábamos, y seguíamos avanzando.

Tu seguridad me contagiaba, seguíamos adelante. Tú abrías paso mientras yo seguía tus huellas.

Inesperadamente, un día te fuiste, e inevitablemente, fulminé toda opción de iniciar cualquier camino.

Crecí, como no podía ser de otra manera, y finalmente una mañana me decidí a colgarme la mochila de nuevo.

Anduve hasta el lugar exacto donde recordaba haber llegado de tu mano. Al llegar a ese rincón, de inmediato di media vuelta, desandando el sendero hasta llegar a casa.

Con el transcurso del tiempo me fui repitiendo, hasta lograr integrar en mí, que debía avanzar un poco más. Tan sólo un paso más. Cada día, despacio pero firme, daría un paso adelante.

El paso se convirtió en zancada, la zancada en dos pasos, los dos pasos en dos zancadas, y así sucesivamente.

Aparecía gente por otros senderos, y me preguntaba (te preguntaba) dónde llevarían.

Continué a la deriva por uno de ellos, hasta descubrir que unos enlazaban con otros. Mi recorrido de ida y vuelta, se había convertido en una confluencia de caminos, de donde no había manera posible de rehuir.

Paraba una y otra vez, miraba a mi alrededor, una angustia se despertaba en mi pecho y a su vez, una voz (tu voz) que me decía: “atrévete”.

No podía abandonar esa senda, debía avanzar.

Aparecí en un arroyo. Tras él, un lugar sorprendentemente bonito, al igual que férreamente desconocido.

Jamás habría imaginado que pudiera existir algo así. Allá donde se dirigía mi mirada había agua, había vida.

Me senté en una roca, me pregunté como había llegado allí, e inmediatamente después, si era capaz de deshacer el camino de nuevo para volver al punto de partida.

La respuesta fue “sí”. Pero no, esta vez la decisión más rotunda fue “no”.

Me (nos) había costado llegar hasta aquí. Este momento era nuevo. No sentía miedo, tan sólo curiosidad.

Comprendí. Éste era el lugar al que querías traerme. Me mostraste el camino, me acompañaste en mi miedo, en mi asombro, en mis primeros pasos. Te fuiste porque de ninguna otra manera habría llegado a este lugar.

Lloré al descubrirlo. Me emocioné porque fue la emoción más guardada, protegida y reveladora que había en mí (en ti).

Lloré porque ya no estabas. Te habías ido cuando yo todavía quería andar contigo, pero enseguida comprendí. Mis lágrimas emocionadas caían porque aquí podía descargar mi mochila, sentirte con total plenitud y saber que deambulaba hasta llegar a este lugar exacto.

Inspiro todo el aire que puede contener mi pecho, lo retengo unos instantes y al exhalar suelto todo temor.

Te encuentro al encontrarme. Sonrío. Me encuentro al encontrarte.

2 thoughts on “El camino

  1. Guau!! Bonita revelación….normalmente, li nuevo o desconocido nos da miedo, fuiste muy valiente al e encontrate. Como todos tus escritos, revelan mucho más d lo que dicen. Gracias!!

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