
Tanto contigo, como conmigo

Estoy boca abajo, mi mano derecha reposa sobre tu pecho. Tú estás boca arriba, tu mano izquierda descansa sobre mi pierna. Miro hacia dentro. Mi estómago sonríe, hoy nos llevamos bien.
Si logro traspasar el silencio, me llega el ruido de los cubiertos que hacen sonar los vecinos de abajo, llenando sus estómagos en la terraza, que a estas alturas, quizá lejos de sonreír empiezan a fatigarse.
Apenas se escuchan sus voces, más allá del prudente golpeteo de sus cucharillas contra la taza, disolviendo los azucarillos que endulzarán su café con leche y quizá su día.
Recuerdo cuando era pequeña. Solía despertarme ese mismo sonido, que se colaba en mi habitación desde la cocina.
Era distinta. Más callada, más insegura, más niña. En esa época la vergüenza se apoderaba de mí, como la fuerza del agua se apropia de todo aquello que encuentra a su paso.
De niña miraba hacia dentro, porque era más sencillo que mirar hacia fuera. No quería verme ante los ojos de nadie, no quería que viesen lo que guardaba en mi interior.
Aprendí a quedarme en mí, para frenar el constante y descontrolado vaivén del exterior. De esa manera podía ir de un lado a otro, mi cuerpo se movía mientras yo me mantenía en protección.

Pero ajá, que no te descubriera husmeando por los alrededores de mi cobijo. Ahí estabas perdido, eras hombre muerto. Habías superado mis limites de la discreción.
Mejor sería que no intentaras desnudarme, ni tan siquiera rozarme la camisa. Mejor sería que no pretendieras llegar demasiado lejos.
Era exigente, lo sé, tanto contigo, como conmigo.
No era nada personal, no tenía nada contra ti. Quería encontrarme de nuevo con el silencio. Necesitaba un tiempo, probablemente largo, para ablandar, aflojar los cerrojos, abrir esa ventana y saltarla. Salir de la vergüenza, para entonces encontrarme de nuevo contigo.

Te costó reconocerme, pero seguía siendo yo. Llevaba un vestido largo, holgado, vistoso. El pelo suelto. Me sentía más viva, con una sonrisa tranquila y una mirada calmada. Mi cuerpo era ágil y mi mente dispuesta.
Ante tu desconcierto, tan sólo acerté a decirte:
– Respira tranquilo, soy más amable, tanto contigo, como conmigo.
Nos acomodamos, charlamos, mucho. Observamos nuestros escondites ya vacíos, y alguno todavía ocupado esperando su turno para ser despejado.
Avanzamos hasta llegar aquí, donde lejos de evitar tu mirada, estoy a punto de despertarte para que vayamos a la cocina a preparar nuestros desayunos, y mirarnos, mientras hacemos sonar las cucharillas que despertarán a otros vecinos, con tantas madrigueras vacías y otros tantas por liberar como nosotros.

Hoy busco en mi interior, por el placer de descubrir cuántas cosas me gustan y me hacen feliz.
No hay tiempo que perder, tan sólo hay tiempo para vivir.
