
Camaleón

Como si de un camaleón se tratase, salgo a tomar un café.
Que sí, que sí, lo estoy dejando, pero es que ya siento el aroma, el sonido del brazo girando y encajando en la cafetera, y hasta el humo que desprende al caer.
Siento hasta el calor del murmullo de la cafetería.
Ya tengo visualizada la mesa en la que me voy a sentar y la libreta en la que voy a escribir.
¿A vosotros os pasa cómo a mí que os cuesta decir que no?
¿Puede ser que sea la palabra que más utilizamos en la infancia, y la que más nos cuesta utilizar como respuesta de adultos?
Bien, pues a mí me pasa, y a veces, como hoy, no puedo decir que no ni a un simple café.
Sin ningún tipo de remordimiento, me acomodo en la silla del fondo. No en la que había visualizado, sí en la única que queda libre.
Empiezo a escribir sin intención, después de que el apuesto camarero haya tomado nota.

Este día me está costando. No encuentro la motivación ni la energía.
En lugar de andar me arrastro como una serpiente, o mejor como un camaleón, que es más bonito y colorido, y sobretodo, más estiloso (sin querer ofender a la resta de reptiles, todos ellos igual de válidos).
Para cazar presas no estoy, pero sí puedo intentar encontrar un pino en un pinar (eso creo que no me costará), y trepar hasta su cima para verlo todo desde otra perspectiva.
Ya me imagino reptando y clavándome la corteza del árbol. No parece sencillo, alcanzo la cumbre llena de magulladuras. Son vistosas pero no hay para tanto. Como tampoco hay que exagerar con este jueves.
Es incierto, sí. De esas épocas en que casi todo está en el aire (que os voy a contar…). Y ahí estoy, procurando poner orden y foco, intentando evitar que cada asunto, se disperse por el espacio abandonado al azar.
Dicho así puede resultar inquietante, teniendo en cuenta que mi manejo con el enfoque está en fase principiante, pero visto desde aquí todo parece tener un orden.
Cada árbol ocupa su lugar, cada insecto tiene su función, cada piña protege sus piñones.

Como reptil, quizá no puedo saltar de una rama a otra, pero puedo cambiar de color, tengo una piel de lo más resistente y unos pulmones bien desarrollados.
Con todo eso, voy a cambiar el gris de hoy por colores vivos, voy a resistir a las heridas del ascenso, a transformar mis arañazos en bocetos que decoren el camino, y voy a dar aire a mi ingenio y mis capacidades.
Cierro mi libreta con una dosis más de la cafeína que estaba dejando.
Me levanto, cuelgo mi bolso del hombro, devuelvo la silla a su lugar, para dejar que vengan otros a trepar por las ramas.
Como un camaleón, sonriente y orgulloso de mis cualidades, y mi entorno salvaje y a su vez equilibrado, salgo de la cafetería dirección a un nuevo lugar con infinidad de nuevas posibilidades.
Tal vez mañana, amanezca guepardo.
2 thoughts on “Camaleón”
A mi me cuesta decir no a muchas cosas, la mas tentadora: el chocolate. Si fuera un camaleón, creo que a menudo tendría el color del chocolate negro, a veces con un poco de naranja y otras con avellanas. Un gusto leer estos relatos. Estoy impaciente por el siguiente.
El café con el chocolate negro de avellanas o naranja le van al camaleón como a mi trepar árboles! Pero como combinar, combinan a la perfección.