
Pies en punta

Apagan las luces, y se crea un profundo silencio en la Sala 1 del Teatro. Pies en punta, se centra en mantener la concentración en su mente. Mira a un punto fijo, y unos segundos después, el telón empieza a abrirse desplazándose hacia ambos lados, y a su vez el escenario va quedando descubierto.
Algo se mueve en su estómago. No son mariposas, es vigor, es garra a la par que responsabilidad. Con el público, con ella misma.

Un foco intenso y directo, ilumina a la bailarina que está justo en el centro, perfecta, inmaculada.
La música, suave, empieza a sonar. Su fino cuerpo, de forma sutil y con movimientos que parecen acariciar el aire, comienza a danzar de forma pausada y elegante. Se desliza de un lado a otro ocupando el espacio sin apenas rozarlo.
Su figura es brisa y perfección, es ligereza y armonía. Es emoción que transita de un sentido a otro con tanta fluidez, que hace danzar tus emociones a su ritmo, haciendo que tu alma y tu mente, salgan de ti en busca de la cola del movimiento, que la bailarina deja suspendido en el aire a su paso.
Cuando la música toma fuerza, sus movimientos se vuelven energéticos. Sus pasos y sus saltos le siguen el ritmo. Como si fuese natural y espontáneo, sólo parece fluir.

De nuevo, afloja el compás de la música. La bailarina y su baile se dejan caer, difuminándose con el tapiz, y el teatro se pone en pie.
De repente, los aplausos le desconciertan, le hacen volver a su ser. Estaba tan sumergido, que creyó ser él, quien pies en punta, con sus movimientos, dibujaba ese lienzo en el espacio, creaba tal belleza.
Olvidó la butaca en la que estaba sentado y el teatro en el que se encontraba. Ignoró que tenía gente sentada a banda y banda, y se fundió con la danza de su hija.
Gira la cabeza a ambos lados, la gente sigue en pie, y les sigue en los aplausos con ojos centelleantes.
Orgullo. Orgullo del más puro es lo que siente. No sabe dónde ni cómo aprendió a bailar así, pero siente el logro como suyo.
Es su hija, y no le cabe el corazón en el pecho. Podría alzar los brazos, y salir danzando o incluso volando del teatro, de plena satisfacción, de respeto, de admiración, de felicidad.
Ella se pone en pie, cruza sus piernas y alarga sus brazos como una mariposa haciendo una reverencia, y al incorporarse ve a su padre entre el público. Se miran emocionados.
Si ella percibe la misma felicidad que siente él al mirarla, no habrá mujer más feliz en la tierra.
