En el corazón de la ciudad

En el corazón de la ciudad

En-el-corazón-de-la-ciudad representado por casas pintadas.

Ahora que ha encontrado un rincón bonito en el corazón de la ciudad, siente una nostalgia en alguna parte cerca del pecho. Le atacan los recuerdos de una vida que ya parece de otro, y que en cambio, está a la vuelta de la esquina.

Quiso escapar de aquella vida. Todos le decían que podía aspirar a alguna cosa más, y se convenció de que aquello no acababa de encajarle en sus planes. Lo miró del derecho y del revés, y en todas las direcciones sentía cierto desencanto, así que se echó la manta a la cabeza.

Él, que toda la vida había vivido en un pueblo chiquito, y seguía vendiendo frutos secos en la parada del mercado de sus padres, decidió mudarse a la capital.

Le costó hacerse un lugar. En las ciudades grandes cuesta mucho encontrarse a uno mismo, así que recorrió todos los barrios de los alrededores. Un día tras otro caminó por calles más bien tristes, que poco le acercaban a la localidad que él andaba buscando.

Cada día, de vuelta, llegaba agotado y hambriento. Descansaba en cualquier escalón, comía en cualquier local. Cada anochecer, el desencantando y el recuerdo de su pueblo le entristecía, pero al llegar la mañana, parecía retomar la ilusión y las ganas.

Una tarde llegó a un lugar, que le pareció uno de los puntos que había marcado en la guía. Aunque seguía sintiendo esa soledad, ese descubrimiento le animó.

Al día siguiente volvió. La orientación parecía empezar a acompañarle, y se encaminó hasta llegar al corazón de la ciudad. Se fue haciendo con sus calles, con sus atajos, rincones, y locales bonitos. Parecía que a ratos se iba encontrando mejor.

Al entrar a uno de esos locales de alimentación, miró a su derecha, y vio una parada pequeña de frutos secos ecológicos. Compró almendras y pistachos, y de vuelta a su estudio, mientras se los comía, sintió esa añoranza cerca del pecho.

Parada de frutos secos que encuentra En-el-centr-de-la-ciudad

Bajó la mirada, y se dijo que tal vez era momento de reconocer que ese lugar no era para él. Era demasiado grande y demasiado frío. Antes de partir, creyó estudiar todas las opciones, y ésta le pareció la más correcta, la que le ofrecería la posibilidad de cambiar de vida.

Hoy en cambio, no entendía cuál era el problema de la vida que tenía. Le gustaba el pueblo, disfrutaba con su trabajo y yendo a la montaña, o a tomar una cerveza en sus ratos libres.

Le dió por pensar que quizá el problema no era tanto lo que hacía. Que quizá el asunto andaba más bien dentro.

Empezó a dar vueltas alrededor de esa idea, no podía creerlo…

Sólo encontraba consuelo repitiéndose una y otra vez, que tal vez todos, en algún momento de sus vidas, habían sabido de que iba eso de querer cambiar todo lo que les rodeaba, pensando que así se sentirían mejor, más plenos y más válidos, mientras que al final, resultaba que se sentían igual, porque la insatisfacción iba con ellos.

Él necesitó llegar al corazón de esa ciudad y entrar en ese local, no por casualidad, para comprender que le faltó caminar en la dirección de su propio corazón. Aceptar que realmente estaba satisfecho con su vida, y que tal vez sólo pretendía cambiarla, porque no le parecía la apropiada para él a ojos de los demás.

La imagen representa sus raíces, el pueblo al que vuelve después de estar en la ciudad.

Sintió paz y se sintió ligero como no se había sentido desde que partiera de su casa. Volvería a su pueblo, disfrutaría de su vida, le importaría menos lo que los demás pensaran de él, y viviría la vida que quería vivir.

Simplemente volvería al lugar en el que sí se encontraba a sí mismo.

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