
Princesas y dragones

No sé cuántos tipos de dragones hay, pero yo hoy he sido uno de ellos. De esos salidos del más puro cuento de princesas y dragones.
El argumento de esta historia no es lo más importante. Aquí, lo que cuenta, son los pocos segundos que me han hecho falta, para pasar de ser la princesa, al dragón que saca fuego por la boca.
Tan sólo he necesitado el tiempo que va desde que espero una reacción de alguien, hasta que el otro me da por respuesta la opción opuesta a la esperada.
Como princesa de mi cuento, que todavía a veces pretendo encarnar, me he sentado en una roca, a esperar que el príncipe actuara como yo creía que merecía.
Exactamente de la forma en que lo habría hecho yo, y como si existiera, y además perteneciera a mi posesión, la respuesta correcta.

Y cómo si todo eso fuese fácil y sencillo, por un momento incluso he sido capaz de olvidar, que cada persona toma su forma, con sus maneras de hacer, con sus costumbres, sus creencias, sus conocimientos, sus expresiones…
No deja de sobrecogerme la idea de que aún a veces, siga queriendo creer que represento a la protagonista de éste, ni de ningún otro cuento.
En esta gran historia, no hay más que aceptar a cada uno en su forma, y a nosotros en la nuestra propia. No hay más que dar y recibir, siempre en este orden, y siempre ofreciendo lo primero sin esperar lo segundo.
Sería bueno controlar el enfado, antes de que se me escape de las manos y del estómago.
Bien, pues hoy he prendido fuego. Lo he visto, y he añadido leña, hasta que se me ha descontrolado y ha salido por mi boca sin control ni dirección.

No ha sido hasta que he acabado de expulsarlo, que he mirado a mi alrededor, para ver conmovida las consecuencias y la devastación.
Ni una persona quedaba… A nadie le gusta quemarse, todos han huido del fuego. El césped está carbonizado. Todavía puedo sentir el olor y el humo que brota de él. Sólo hay gris a mi alrededor, mire donde mire.
Un impulso interno sin control, una emoción no atendida a tiempo, y me puedo declarar culpable de haber provocado este devastador incendio.
El cuento se queda sin princesas, sin príncipes, sin zapatos ni manzanas, sin rosas, ni lobos, ni abuelitas. Se queda sin cerditos, sin botas ni galletas, sin patitos, sin personajes ni decorado.
Y cuando no queda nada, tampoco queda nadie a quien explicar, que el incendio ha sido mil veces mayor que lo que provocó el enfado.

Y a pesar de todo, los personajes volverán, para ayudarme a limpiar las brasas y el corazón, y a plantar brotes de nuevo.
Me entregarán sus colores a modo de zapato, o rosa, o varita, para seguir escribiendo y dibujando historias que mantendrán mis páginas vivas.
Y el cuento, mejor con princesas y dragones sin capas ni coronas, lejos del fuego, del impulso descontrolado, lejos de acabar, continuará…
