
La culpa

Está cansada. Lleva semanas durmiendo mal y no se siente con fuerzas para apilar una caja más. Todavía le quedan cosas, pero ya le pesan demasiado a la espalda. Casi tanto como la culpa.
Se ha sentado en el suelo a mirarlas y a decirse por última vez, que irse es la decisión correcta.
Aquí no se siente escuchada, ni valorada, ni atendida.
Ha dejado a la culpa hablando sola, y se va en busca de otro lugar.
Hace tiempo que el reflejo que le devuelve el espejo no le gusta.
Ha dejado de hacer lo que quiere, de dedicarse tiempo, de prestarse atención. Pensó que debía entregarse, que tal vez si daba un poco más, recibiría más a cambio.
Pero no le salen las cuentas, el cambio no llega, y ahora ya sabe que no va a llegar.
Se ha cansado de esperar, de dejar de hacer las cosas que le apasionan por miedo a decepcionarle, por miedo a no corresponderle, por miedo a hacer algo distinto a lo que él pueda esperar de ella. Por miedo a sentir esa lucha llamada culpa, entre lo que quiere hacer y lo que debe, o cree suponer que debe hacer.
En algún momento tenía que tomar la decisión si quería dejar de esperar, y ha pensado que esta sería una buena oportunidad.
Lo sabe, se le viene un faenón, y no precisamente por tener que cargar las maletas pesadas y abarrotadas.
Prefiere dejar de cargar la culpa para pasar a cargar esas cajas. Éstas las vaciará, y renovará el aire, y se estrenará en un lugar distinto.
La culpa en cambio es incansable, seguramente se habrá colado entre sus cosas, porque no le gusta hablar sola, y busca su compañía, pero intentará desatenderla un rato cada día para pasar a atenderse a ella.
Ya no esperará a nadie, porque nadie más que ella sabe lo que quiere, ni la vida que desea.
Antes le sonaba egoísta, ahora le suena a valía, a autoestima, a autoconocimiento. Le suena a que ya han pasado todos los números que tenía delante, y ha llegado su turno.
Se levanta, se afana porque se le ha echado la noche encima, acaba de empaquetar los últimos trastos, baja todas sus cajas. Rápido, sin pensar, deja sus llaves sobre la mesa, y cierra la puerta de un portazo.

Ha hecho lo correcto. Lo sabe. Lo siente.