
Rótulos luminosos

Cuando el instante te enciende los rótulos luminosos de última llamada, es el momento. El equipaje está a bordo. Aceleras el paso para subir o se va sin ti.
Hay poco tiempo para decidir. La vida que sabe de eso, no nos da el espacio para pensar. Sabe que a la que el coco entra en juego, la batalla está perdida. Suele jugar en nuestra contra.
Así que subo sin pensármelo, cuando lo quiera razonar ya estará hecho. Las cartas estarán echadas, estaremos en el aire, donde todo puede suceder.
En ocasiones nos entretenemos en hacer mil cábalas, mientras la vida y las oportunidades transcurren frente a nosotros. Es más fácil quedarse que atreverse, pero también es infinitamente más limitante.
Volemos, y luego si hace falta, ya saltaremos al vacío.

Si nos aventuramos a despegar, siempre habrá quien aparezca para sostenernos en la caída si fuera necesario, pero lo cierto, es que una vez has tomado la decisión, los escalones se van desplegando.
No me preguntes cómo ni por qué, supongo, sólo supongo, que por la fe y la convicción que surge cuando hacemos lo que queremos hacer.
Ahí sí, no es necesario pedir opinión, no es cuestionable, cuando se trata de llevar a cabo lo que realmente deseamos, las cosas se ponen fáciles, se abren mil posibilidades de la nada. Todas ellas completamente impensables, totalmente nuevas. Las oportunidades son incalculables.
La vida nos pone una tras otra. Tiene la templanza infinita que nos falta a nosotros. Compensa nuestra impaciencia. Eso sí, lo hace a su ritmo. Hay que estar alerta, hay que estar presente y dispuesto.
Si finalmente perdemos el vuelo, el equipaje se habrá ido. Los rótulos luminosos se habrán apagado, pero tendremos una razón más para volver a intentarlo. Vendrá otra ocasión y vendrá mejor. Porque cada vez hay más motivos de peso que nos llaman a despegar en busca de nuestras aspiraciones.

Nos vemos en el aire.