
Patas arriba

Se despierta muy temprano con la ayuda de su perro, que no entiende de cambios horarios, y con la misma sensación con la que se acostó anoche. Una incomodidad en el pecho, como de tener el corazón patas arriba.
Han salido, y al volver del paseo, coge un catálogo de la nueva temporada de muebles que han dejado sobre los buzones. Se sienta a mirarlo en el balcón mientras se toma el primer café de la mañana. No tiene previsto comprar ninguno, pero le gusta imaginar el interior de su casa decorada con esos muebles.
Pasa muchas horas en ella, y aunque tiene cosas que hacer, nada se aleja demasiado de su portal, así que a veces, le gustaría que este piso fuese otro y que estos muebles fuesen distintos.
Está en una de esas épocas confusas, en que nada acaba de pesar bastante como para quedarse, pero tampoco nada es suficientemente ligero como para que se lo lleve la corriente.
No lo explica a nadie, porque tiene la sensación de que no le ocurre nada importante, más allá de las cuestiones que de habituales, parecen haberse integrado y convertido en parte de él.
Le faltan ilusiones nuevas, propósitos, estímulos que pongan sal a sus días, que le saquen de esta monotonía…

Tiene propósitos, pero siempre los abandona. Por miedo, por frustración, por no sentirse capaz ni merecedor.
Eso hace que su cuerpo vaya perdiendo energía hasta quedar vacío, y necesitar de uno de esos aparatos que lo recarguen de nuevo. Y es que no sabe por dónde, pero la fuerza se le va, se le consume como la cera de la vela encendida alumbrando su salón.
Sin objetivos, su mundo se ha empequeñecido. Le falta un amarre, algo que le aporte una seguridad que no se lleve el viento en el primer soplo de aire del otoño, y le acompañe de manera permanente.
Es consciente de que su corazón volteado está intentando darse la vuelta y necesita de su ayuda, pero se despista ojeando las revistas.
Se mira los catálogos y sus guías rápidas de montaje. Reconoce que necesita un plan, y tal vez esos esquemas no son tan distintos a los de la composición de su vida. No duda demasiado en saber, que es un buen momento para empezar.
Pone música tranquila acompañando a la luz de sus velas. Despeja la mesa, saca folios en blanco, bolígrafos, ideas, ganas, y emprende su proyecto.

En un lado señala los acontecimientos vividos que más le han marcado. En otro lo que ha aprendido de todos ellos.
Observa el lugar en el que está, y hacia dónde quiere ir.
Se marca unos objetivos imaginando su vida cuando los consiga.
Mira todo lo que tiene alrededor, y de qué manera puede utilizarlo para que le permitan llegar a ese espacio.
Se crea un plan y marca una fecha en el calendario. Lo estructura todo de manera que le sea más difícil el autosabotaje y el abandono de su propósito.
Se ilusiona, le resuena una voz que ya ha escuchado otras veces, diciéndole que es el camino.
Su perro le observa. Esta vez es él, el que se ha puesto patas arriba moviendo la cola, como si supiera que es el momento de la reafirmación.
¿Y si realmente lo es? ¿Y si deja de entorpecerse?
Se enciende una chispa en su alma, se emociona de nuevo, llora el bloqueo de su pecho, suena esa canción que le hace llorar todavía más, y de tanto llorar le cogen ganas de vivir.
Ganas de atreverse, de no rendirse, de sentirse válido, capaz y merecedor.
Y sin saber cómo, de repente su corazón se ha puesto en pie, y le ha pedido salir a bailar.
