
Lo mejor de cada uno

Daniel formaba parte del Club de Baloncesto de su ciudad. Creía que en el trabajo conjunto, se manifestaba lo mejor de cada uno.
Se hacían destacar las virtudes de sus jugadores, y de la unión de sus capacidades, se formaba algo mayor, un grupo lleno de talentos.
Cada persona brillaba en algo distinto, y el equipo permitía que brotasen las cualidades por encima de las debilidades.
A Daniel le costó visualizar ese algo, pero el equipo le ayudó.

Era el más perseverante. Su constancia siempre le hacía continuar. Las excusas nunca llegaban a tiempo de impedirle sus logros.
No era el mejor defendiendo, ni poseía los mejores tiros a canasta. Tampoco era el mejor marcando a sus contrincantes, pero cuando los resultados hacían que el equipo empezara a caer en el desánimo, él se mantenía fuerte y constante.
Cuando sus compañeros se lo dijeron, quedó algo desconcertado. No le parecía ser alguien tenaz, ni siquiera intuía que pudiera llegar a poseer dicha virtud.
A decir verdad, no lo creyó hasta que no lo comprobó por él mismo.
Lo que le movía, era saber que un fallo en su juego, afectaba al resto de jugadores. Eso le hacía esforzarse, comprometerse, le obligaba a entrenar con más firmeza.
El empeño le llevó a progresar en la pista, y fue entonces cuando comprendió que la constancia le había llevado hasta allí.
Siguió sin ser el mejor en todas esas jugadas que dominaban sus compañeros, pero mejoraba día a día.
No sería el mejor del equipo, como alguna vez le había gustado imaginar, pero aún y así, era una parte de él. Una parte tan importante como las demás.

Hoy entrena a un equipo de jóvenes jugadores de baloncesto, y a diario, intenta explicar a los muchachos, que todos somos buenos en algo.
Saber encontrar ese algo no siempre es sencillo. Requiere de escucha, de atención, requiere de valor.
Valor para brillar, valor para destacar en lo mejor de cada uno.
No por encima de nadie, sino por encima de nosotros mismos.
