Nuestros cuerpos en otros trajes

Nuestros cuerpos en otros trajes

Nuestros cuerpos en otros trajes-imagen desierto

Cuando te tuve enfrente por primera vez, tenía esa mirada libre e inocente, que a su vez sabía a la perfección sobre qué terreno pisaban sus pies. No fue hasta pasado un tiempo, que quisimos abrigar nuestros cuerpos en otros trajes.

Por aquel entonces, mi único afán era disfrutarte. Colmarte de detalles y palabras bonitas. Cuidar todos tus aspectos con delicadeza.

No había distracciones ni horarios, tan sólo nosotros encontrándonos a cada instante y queriendo abrirnos al mundo desde nuestro pequeño hogar.

Nos sabíamos valientes y orgullosos. Convincentes y valerosos. Y así, resultaba fácil mantener la alegría y la sorpresa en cualquier momento del día.

Nos sentíamos válidos hasta el punto de creer que toda palabra podía ser para nosotros, y cada gesto de ánimo lo recibíamos como propio.

Estuvimos en nuestra guarida largo tiempo, hasta que ya nos pareció que el espacio comenzaba a achicarse, y que nuestros hombros empezaban a chocar contra las paredes y contra ellos mismos.

Nos sentíamos apretados porque mirábamos afuera y veíamos un sinfín de posibilidades.

No nos acababan de seducir, pero parecían caminos más anchos y seguros, por lo menos en manos de los demás, y empezamos a sentirnos pequeños.

Queríamos ser algo más porque nuestro rincón no dejaba de ser eso, un lugar que sólo habitábamos tú y yo.

Quisimos hacernos grandes y vivir cosas de grandes. Quisimos creernos preparados, pero seguíamos sintiéndonos pequeños vestidos de adultos.

Y con nuestro cuerpo en otro traje, acabamos confundiéndonos a nosotros mismos, y dejamos de saber quién éramos en realidad.

Acabamos perdidos y ninguna señal nos servía para volver.

Estábamos lejos de casa. Nos sabíamos desamparados y las heridas de mayores parecían pesar más. Parecían caer sobre antiguas heridas multiplicando su peso y su melancolía. Nos sentíamos espiga en medio de un campo de trigo.

Nuestros cuerpos en otros trajes-campo de trigo

Por más que andábamos y andábamos, sólo conseguíamos sentirnos más perdidos y más cansados.

Y es que el mundo de los grandes que habíamos anhelado, nos convirtió en todavía más pequeños. Nos amoldábamos a los demás y éramos uno entre un millar, un copo de nevisca entre el blanco inmaculado de la cumbre nevada.

Sin reconocernos entre nosotros, nos sentamos a ver el transitar de los sucesos.

Y de repente, como una luz que llega cuando estás tan extenuado que ya no puedes ver, nos envolvió un recuerdo. Nos recordamos a nosotros mismos en nuestro pequeño y más puro hogar.

Sorprendidos, nos miramos con los ojos y la boca abierta, y nos reconocimos de nuevo.

Éramos nosotros. Los mismos de siempre habiendo querido ir a un lugar que no era el nuestro y que no nos pertenecía. Habiendo querido no ser lo que éramos. No nos encontrábamos en mitad de esa multitud tan ajena.

Se nos escapó una sonrisa de tranquilidad y nos cogimos de la mano. Nos abrazamos en el mayor acto de conciliación, y nos perdonamos por haber querido ir a construir un hogar tan lejos de casa. Por habernos sentido pequeños cuando estábamos tan cerca de la grandeza.

Esperamos a que calmara la tempestad, y volvimos.

A nuestro pequeño hogar. Al lugar que debíamos ocupar y habíamos dejado vacío para ir a habitar otro, que en un momento, nos pareció mejor que el propio.

Nuestros cuerpos en otros trajes-pantuflas

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *