
Por primera vez

Le da un mordisco al melocotón que se ha comprado en una de las paradas, después de pasarle un pañuelo usado que llevaba en el bolsillo para quitarle la pelusa. En el otro lleva las llaves y unas monedas; eso es todo cuanto la acompaña.
Mira a la gente que pasa por su lado y no le parecen tan extraños. Algunos rostros incluso le resultan familiares, le recuerdan a conocidos de su antigua ciudad. Los observa, y si coincide con alguna mirada, les sonríe. La miran como si estuviera majara, pero se siente más cuerda de lo que se ha sentido en mucho tiempo.
Sale del mercado al que ha venido por primera vez. Recorre las calles mojadas con decisión, aunque ya ha aflojado el ritmo rápido con el que ha empezado a caminar esta mañana. Quería compensar el tiempo que le ha costado ponerse en pie. Y no habla solo de hoy, se refiere a todo el tiempo que le ha llevado sentir el ánimo suficiente como para salir al mundo dispuesta a mantenerle la mirada. Los pasos la han traído a perderse en este mercado de su nueva ciudad. Tampoco se refiere solo a hoy con eso de perderse, habla de lo que le ha parecido un largo trayecto sin rumbo.
Salía con la intención de recorrer dos manzanas, pero ha caminado tanto que no sabe si va a recordar el camino que la lleve de vuelta a casa. Aun así, está tranquila. Hoy tiene motivos reales para sentirse perdida, pero se está despejando el cielo y afloja el ritmo un poco más.
Contempla los aparadores de las calles que, como el mercado, transita por primera vez. Los maniquís, las láminas pintadas a mano, los croissants recién horneados, las flores en las ventanas. Ve el encanto allá donde mira y piensa que tal vez no ha sido tan mala idea trasladarse a este lugar. Se siente nómada. Es un alma en busca de algo más, y ese algo, hoy, es el hechizo de esas calles que traspasa su piel colándose en ella.

Camina con cuidado, como si su paso pudiese desequilibrar lo que ocurre a su alrededor. Se adentra en las últimas calles que ha recorrido hace un rato en sentido contrario dispuesta a deshacer el camino. Si recuerda los lugares por los que ha pasado, podrá volver sin problema.
Le funciona hasta que pensativa, llega a un cruce en el que se detiene porque no ve ninguna señal que la ayude a descifrar cuál es la dirección correcta. Elige una, y luego otra, y otra, hasta no reconocer el lugar en que se encuentra.
Siente un vacío en el estómago, debe ser hora de comer. Ha encontrado un banco al sol, y se sienta a comer el bocadillo y las galletas que acaba de comprar en una panadería, después de revisar las monedas que le quedaban en el bolsillo.
Se pregunta por qué le resulta tan importante llegar a los límites. Sus días siempre han sido ir y venir de su centro al descentramiento. Ese sí es un camino conocido y constante en su vida. Se empeña en comprobar si en esa distancia que resta entre ella y el siguiente extremo, pudiera haber algo nuevo, algo distinto, casi fascinante. Se descentra poco a poco hasta llegar al anillo de la diana, para después, en un efecto casi rebote, volver al medio y empezar de nuevo. Hoy está tan al borde que sabe que le queda poco para volver; el final se mezcla con el principio.
Ha acelerado el paso. Está cansada y ya no le parece tan emocionante esta aventura de andar perdida. Cuando la claridad del sol empieza a dejar paso a esa luz azul y rojiza que anuncia el anochecer, se detiene. Pone toda su atención en los detalles que pueda haber logrado retener su mente, esperando que la intuición ponga de su parte.
Recuerda el supermercado en el que ayer compró la cena después de subir las últimas cajas. Recuerda un puesto con flores y el olor a aceite reusado de la churrería. Puede escuchar la voz del camarero que le sirvió un café, y cerca, un estanque repleto de patos que entraban a su casa de madera por una rampa sucia.

Se decide a preguntar a la gente con la que se cruza si saben de ese parque que se esfuerza en describir. Nadie lo conoce, hasta que un señor le pide que le acompañe hasta la esquina, y allí, con su bastón, le señala el siguiente semáforo en el que debe girar, y los cruces que le separan de su destino.
Le da las gracias tantas veces, que el hombre empieza a cambiar la expresión de su rostro y a curvar la comisura de su boca. Hace todo lo que le ha indicado, y a lo lejos ve a una mujer guardando las plantas en el interior del quiosco de flores. Le sonríe al pasar por su lado como si le hubiese salvado la vida, y la mujer, extrañada, le devuelve una sonrisa desconfiada antes de girarse a ver su aspecto y hacia dónde se dirige.
Ya de noche, entra en casa. Deja caer su peso tras la puerta cerrándola de un portazo. Todavía no reconoce el olor, pero es su nuevo hogar. Va directa al sofá, enciende el televisor dejándolo en el canal que quedó anoche cuando ella misma la apagó, y exhausta, lo mira hasta quedarse dormida con el mando a distancia en la mano.
Ahora sí, se ha perdido en todos los niveles. El agotamiento de todo ese tiempo extraviada ha llegado a su límite y le va a hacer dormir hasta tarde para levantarse mañana dispuesta a empezar. Ha llegado ese momento en que el peso se aligera, la mente parece haber encajado sus piezas como por arte de magia, la arruga de su frente se expande, sus emociones se reconcilian, y todo parece ser por primera vez. Ha llegado el momento de encontrarse de nuevo, de ir a por el blanco, de creerse de nuevo capaz, y ponerse “Flowers” y bailarla hasta no poder más.
