
La vida que quiero escribir

Me pregunto si la vida que quiero escribir está detrás de lo de siempre.
Esperé a que me invitaran a marchar de los lugares en los que ya no quería ni debía estar. Viví aferrada a la costumbre, a la neblina que cubría cada rincón que miraba. No había salida porque no la veía, y si me atrevía a intuirla estaba tan lejos, que no había camino que me acercara a ella. No debía existir semejante oportunidad para mí.
Agaché la cabeza más allá del sentido literal. Solo veía mis pies anclados a esa realidad. Algo externo me llevaba abriéndose camino entre la bruma de los días. Todos iguales, todos rodando en la misma dirección. La resignación, el conformismo, el abandono. Con el giro, la pelota se hacía grande y cada vez me cubría y me arrastraba más la insatisfacción.
Pero hubo un día. Solo hace falta uno. Ni tan siquiera eso. Una palabra, una mirada, una imagen, un instante. Tu radiante expresión llamó mi atención, me atrajo, me despistó de lo de siempre. Algo conectó en mi mente y en mi estómago. Me dio un vuelco el corazón, y la mirada, y la vida. Abrí la boca, los ojos se me salían de órbita. Me llevé las manos a la frente y me dije «no puede ser».
Te escuché con toda mi atención. Te observé con todos mis sentidos. Tu determinación y tu valentía a la hora de tomar una decisión que no era la esperada, la que se alejaba de la niebla y de lo siempre, fueron el ejemplo. Tu sonrisa de plena satisfacción se convirtió en mi único objetivo.
No sabría definir qué; una luz, una flor, una vida se desplegó ante mí. Alcé la mirada al frente, y los caminos ya no estaban tan lejos. La neblina se había disipado y podía ver lo que antes no veía. Podía empezar de cero, sí, pero empezar. Empezar a construir algo distinto, a hacer algo que me gustaba de verdad, algo que hacía que todas las mañanas me despertara queriendo más. La plenitud de los días me mantenía viva. Todo era ágil, incluso corriendo entre bosques me sentía ágil.
Empecé a ver la vida que quería escribir y el montón del que quería salir. No veía con nitidez la meta, pero tenía clara mi calle dentro de la pista. En ese instante, algo llamado esperanza recorrió mi cuerpo como un escalofrío que me sacudió y me removió hasta las entrañas. La mente se desplegaba como un mapa que no sabría volver a doblar.
Como a todo mapa, le acompañaba una guía. La vida. Algo tan ingobernable y que, en cambio, todos queremos controlar. No entendía las señales, ni los misterios. No estaban diseñados para mi comprensión y en mis intentos por dirigirla me perdí de nuevo.

Me mantuve desorientada, extraviada, lejos de mí, a veces paciente, otras desbordada. Pero para entonces ya sabía que había una luz, que llegaría el momento. Y llegó. Llegó el momento de volver a abrir el primer cajón de la mesita donde la última noche antes de perderme guardé el mapa mal doblado, y al mirarlo, otra vez no entendí cómo no lo había entendido antes. Me dije que todos nos perdemos en pensamientos, en ideas nuestras, o de otros. En querer ser lo que no somos, en buscar encajar y no fallar a nadie. Requerí de tiempo hasta darme cuenta de que me estaba fallando a mí misma y por eso la cosa «no tiraba».

Las limitaciones volvieron a quedar atrás, y de nuevo llegó la esperanza; como el día que cayó la venda que no sabía que llevaba en los ojos, y de repente, todo era luz. Y empecé una vez más siendo un poco más libre. Sabiendo que volverán tiempos de pérdida, pero que siempre se puede empezar.