
Lento

Ha hecho coincidir los cuatro picos de la manta, para después ir uniéndolos entre ellos hasta dejarla perfectamente doblada al lado del reposabrazos derecho. Ha estado un buen rato en el sofá tapada con ella hasta la cintura. Solo tiene frío en las piernas y en los pies, en aquello que la sostiene. Al levantarse camina con dificultad hasta que su cuerpo logra erguirse recuperando su postura. Empieza caminando lento y, poco a poco, va cogiendo ritmo, como si tuviera que engrasar las piezas de una máquina antes de ponerla en funcionamiento.
No hace tanto que se levantaba como si un cohete hubiese estallado bajo el cojín del asiento, pero con el tiempo ha ido perdiendo la prisa. Nada es tan urgente como antes parecía, aunque seguramente tampoco lo era. El tiempo también transcurre más lento, como si su devenir fuese una ola que tiene que esperar a alcanzar la cresta para volver a bajar.

La dureza de sus tiempos hizo que desde joven trabajara duro, seguramente incluso antes, por si eso le diese la dignidad que pensaba que le faltaba. Sus actos le daban la fortaleza necesaria para combatir ese cuerpo frágil en el que se había convertido, tras tantos acontecimientos que la habían superado y cargaba a las espaldas.
También el carácter se le había agriado, incapaz de poner voz a sus deseos. Las palabras que se fueron quedando dentro habían formado montañas de desconfianza bajo las que se enterraban su aislamiento y sus ganas de escapar. Con las relaciones heridas, la falta de una esperanza firme y su incapacidad de exteriorizar sus sentimientos, el cuerpo se le había ido cerrando, hasta convertirse en ese ser encorvado al que ahora le costaba levantarse.
En los largos ratos que pasa en el sofá, se pregunta qué habría sido de su vida de haberse atrevido a sentarse, o tal vez a levantarse, ante todo aquello que estaba sucediendo en ella. Qué pasaría si hubiese sido más valiente. Si se hubiese desvinculado de todo lo que su cuerpo le decía «no». Pensaba que así su alma habría volado más libre. Habría podido ser una persona más fuerte, no solo físicamente. Se imaginaba habiendo llegado a ser sólida y vigorosa.
De haber sido esa mujer, habría podido sentirse poderosa viendo la vida tras la ventana. La paz de sus sentimientos le habrían dado la calma y el silencio. Podría haber vivido al compás de la vida, en su tempo lento, y en ese subir y bajar de las olas amoldándose a los movimientos y no resistiéndose a ellos. Podría haber dejado la manta lejos del reposabrazos y nada pasaría por romper el orden. Habría dejado de vivir con los dientes apretados y se habrían relajado las facciones de su rostro.
Podría ser, pero de ser así, ahora no estaría dándose cuenta de que en sus circunstancias no disponía de medios ni de aprendizajes para hacerlo. No fue culpable de su silencio ni de los acontecimientos. Si algo hizo fue por amor, por protección, y como mejor sabía. Desde luego, de haber sido distinto, no podría estar sintiendo la paz que siente ahora al ver que no tiene nada de que perdonarse. Puede sentir el ritmo de las olas mientras logra erguir su cuerpo y saberse al fin reconciliada.

Vuelve la cabeza al sofá y tras ella su cuerpo. Se dirige a él, coge la manta por un lateral, la levanta y la deja caer en el sillón del medio, y así, tal cual, la deja y se va a preparar la merienda.