Nómada

Nómada

Nómada-cigüeña

Hoy vuelve al lugar donde vivió. No fue hasta después de marchar, que supo dónde había estado y quién había sido. Fue después cuando comprendió que allí se había sentido nómada, y en ese momento, entendió el significado de la palabra. Había sido su residencia durante años, pero ni un solo día dejó de sentirse así. De paso. De puente. Una cama donde hacer noche entre el lugar de procedencia y el de destino. No asentó sus bases, o eso creía.

Piensa que tal vez no va tanto con el sitio donde vive, sino con ella misma. No se siente de ningún lugar, ni de nada, ni de nadie. Nada parece ser definitivo en su vida. Hasta el momento, no se ha atrevido a dar nada por sentado. Todo en el aire. Todo según lo trae o se lo lleva el viento, y ella en mitad de la ventisca. A veces en corriente, otras a resguardo. A estas alturas, ya ha dejado de sentirse a salvo, más allá del ratito en que su cuerpo se sitúa tras la ventana de atrás, donde toca el sol por la tarde, proyectando su sombra alargada en el suelo.

Sol tras la ventana

Entonces mira su imagen, como una diapositiva, en ese rectángulo de luz que ocupa el pasillo de la que ahora es su casa. No debe ser tan diferente a la silueta de cualquier otra persona, en cambio, ella no siente que nada le pertenezca. Esa sombra es la imagen más estable de ella misma, la que más se acerca a cómo se siente.

En la carretera de vuelta al que fue su pueblo, ha visto los almendros en flor. Ya no recordaba que en ese trayecto había tanta vida. Ni siquiera se acordaba de los almendros, ni del mes en que florecían. Se pregunta en qué habrá pensado todo el tiempo que ha pasado desde que se fue. En sobrevivir, se responde. En saber qué hacer y cómo hacerlo. Todavía no tiene las respuestas. Se responde día a día sin demasiada convicción, hasta que al anochecer piensa que tal vez ya lo está haciendo. Sobrevivir debe ser esto, se responde de nuevo. Hacer lo que sientes sin saber muy bien por qué, decidir paso a paso, sin conocer el destino final.

Sabe su objetivo hoy, y es recorrer de nuevo esas calles. Sentarse en cualquier cafetería, porque ninguna llegó a sentirla suya, ir a mirar aparadores, ver a los vecinos pasar, entrar al quiosco y comprar una revista. Parece un plan normal, para nada emocionante, pero ella sonríe por dentro desde que ha decidido ir.

Después de los almendros, ve el mar como un decorado de fondo, y a su derecha el campanario donde anidan las cigüeñas. Parece que vaya a adentrarse en él, pero la carretera se desvía y la lleva a sus antiguas calles.

Nómada-almendros en flor

Pasea casi con los ojos cerrados, y respira hondo como si estuviese en medio de un prado. Todavía huele al humo de las chimeneas, todavía suenan las campanas, todavía las señoras en zapatillas, la cola para comprar el pan, las plantas en las puertas y los televisores encendidos al otro lado.

Todavía las calles, todavía el presente, todavía nómada, todavía ella.

Tal vez pertenezca a ese lugar más de lo que lo ha hecho nunca. Tal vez pertenece a los lugares, una vez ha comprendido que fueron importantes para ella, y no antes, y eso se lo da el tiempo, la distancia, la perspectiva.

También le parecía que sobrevivía cuando vivía en este pueblo, exactamente igual que le parece hacerlo ahora, en su nuevo hogar. Pero hoy que es pasado, se da cuenta de que lo vivió con toda la intensidad. Fue más ella que nunca. Fue la vida como lo es hoy, lo que debe querer decir, que vive plenamente cada momento, más allá de ser consciente de ello. Vive sintiéndose nómada.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *