
Detenerse

Cuando dos masas de aire chocan, el cielo se torna negro, y sólo lo iluminan la luz de los rayos y los relámpagos, la mejor alternativa, es detenerse.
La tormenta se hace densa, las nubes empiezan a descargar, la lluvia cae con fuerza, y el viento empieza a soplar.
En el momento que todo eso te pilla en mitad de la calle, te asustan los truenos, el viento ha partido las varillas de tu paraguas, tus botas están repletas de agua, y tu pelo empapado, te quedan dos opciones.
Puedes correr para llegar donde te diriges lo antes posible, o parar.
Él lo piensa durante un segundo. Le queda un trecho hasta llegar a casa, y desde pequeño le ha gustado observar a los pájaros.
Sabe que cuando prevén que va a llegar la tormenta, salen todos al vuelo, planean más de lo común, y revolotean buscando los árboles dónde refugiarse.
Se posan en el lado que mejor les proteja del aire, donde se mantendrán hasta que la lluvia cese.

Imita la naturaleza de los pájaros, y decide detenerse para resguardarse de la tormenta, en esa cafetería repleta de gente.
Parará para refugiarse de la lluvia, pero también para darle al pause de las prisas.
En ocasiones, la vida le pide parar. Hace un tiempo que le avisa, pero él prefiere no atender, y ahora, no sólo se lo pide la vida, sino que además lo confirma con esta tormenta.
Se toma un café de pie en la barra. Como los pájaros apretujados en la rama de cualquier árbol, él apenas tiene espacio para moverse.
Se limita a observar a la gente que como él, ha decidido parar a secar sus pies mojados, para pasar a inundarse por el murmullo constante de la cafetería.
Ya que ha parado, y aunque no sean las mejores condiciones, aprovecha para atender a lo que la vida le viene a decir. No la escucha bien, pero le parece oír algo así, como que también debe parar cuando no llueve.
Es cierto, reconoce que no se permite un descanso desde hace tiempo, y no sólo es a la vida ni a él mismo a quien no atiende, tampoco lo hace con los demás.
Pasa por todas partes sin quedarse en ningún lugar, vuela por todos los árboles sin parar a observar ninguno de ellos.
La lluvia empieza a detenerse a la vez que el rumor del local se amaina. Se sienta en la primera mesa que queda libre, hasta que el cielo se ha despejado casi por completo.
Se dirige al puerto bajo un cielo de un azul intenso, y los pájaros revolotean y cantan de nuevo con todas sus fuerzas, llenando las calles de vida.
La misma que él aparcó hace un tiempo, por no atreverse a ser feliz sin él.
Hace tres años que se paralizó la vida en su interior, y pasó a cubrirla con deberes de fuera, sin permitirse un solo descanso.

Empieza a caer la noche, y de vuelta a casa, observa las estrellas, y siente que su cuerpo se alegra al mirarlas.
La lluvia ha cesado, y tiene cosas pendientes.
Desde niño, con él observaba los pájaros cada mañana desde la ventana de su habitación, los mismos que hoy le invitaron a parar, a mirar al cielo de nuevo, y a ver la vida en las estrellas.

Mañana, al despertar, saldrá con el primer vuelo del amanecer, y se dejará guiar por la alegría del canto de los pájaros.