
A las 1000 veces que he abierto la misma puerta

A las 1000 veces que he abierto la misma puerta, esperando encontrar algo distinto detrás, les digo que me hicieron saltar de la cama cada mañana, ilusionada perdida, creyendo que tal vez ese sería el día en que el escenario cambiaría al otro lado.
A las 1000 veces les digo que fueron alegría constante. Que me hicieron conocer la plenitud de los días, cuando creía que la vida cambiaba en el momento que del otro lado, un escenógrafo me llamaba, modificaba la decoración, y creaba la escena perfecta para mí.
Me afanaba en seguir, presa de la ilusión que me provocaba la convicción de que alguien me vería y me señalaría como la elegida para interpretar esa obra, la mía, cual cuento de príncipes y princesas o de rescatadores y rescatados.
Pero el cuento avanzaba y el guion cambiaba. El entusiasmo se mantenía en pie, pero ya iba viendo que ningún milagro se daría en ese sentido. Nada venía de fuera.
El milagro se estaba dando en otra dirección, porque sin darme cuenta, mientras esperaba encontrar algo al otro lado, me iba encontrando a mí de este. Y me descubría feliz por seguir creyendo en cada una de las veces que tiraba de esa manilla.
Poco después, también la felicidad cambió de rumbo. Porque dejé de esperar, y en consecuencia, empezó a mermar la ilusión y el sentido. Entonces vino la trama más compleja de la historia, la de contemplarme de nuevo perdida sin el reconocimiento de fuera.
La búsqueda me llevó a comprender que el reconocimiento tenía que ser propio, y debía ser yo misma quien sacara la cabeza al otro lado.
Para eso requerí de algo más que entusiasmo. Requerí y requiero de decisiones, de convicción y de creencias que ya no van hacia fuera sino hacia dentro. Que ya no solo van de decoración sino de escenarios. Ya no van de ti sino de mí.
Han sido 1000 veces y seguro serán 1000 más, pero ahora les digo que no crucé la puerta porque estaba disfrutando de estar conmigo. De ver qué surgía entre nosotras y comprobar hasta dónde podíamos llegar.
Les digo que la relación perdura. Nos hemos ido a vivir juntas, salimos de viaje y compartimos tardes de café a solas.

A las 1000 veces que he abierto la misma puerta les pido perdón por el desgaste, por el mareo que haya podido causarles. Lo cierto es que ya no quiero encontrar ninguna mano al otro lado, porque ahora lo que quiero es encontrarme cada día de este lado, y ser yo la que saque la cabeza del otro y decida si saltar o quedarme.