
Dejar que pase
Sentir ese no sé qué. Esa mirada. Esa sonrisa. Esa canción. Saber sin más que algo está a punto de acabar bien.
El caso es que ayer me llamaste. Hasta aquí todo natural (sí, lo sé, a veces eso es más de lo que se puede esperar, pero en este caso era habitual).
Hoy íbamos a hacer algo especial. No me dijiste qué, tampoco pregunté. En lugar de eso, me dije a mi misma ese típico-tópico de: “No necesito más, voy a dejar que pase lo que tenga que pasar”
Así que aquí estoy, con mis tacones y mi vestido negro de flores rojas, como si de una primera cita se tratase.
He recogido un mechón de pelo con una horquilla de lo más cuqui y me he puesto el maquillaje caro que guardo para ocasiones especiales.
Como de costumbre, en este preciso instante, hora y media después de acabar de pulir todos los detalles de dicha parafernalia, la indecisión se apodera de mí.
¿Y si únicamente me lleva a tomar un café a un sitio bonito pero informal?
¿Tal vez vamos a la playa?
Pero…
¿Y si cenamos en una terraza de esas tan preciosas, con guirnaldas de luces de colores y césped y música?
¿Pero qué me dices de si vamos a pasear por París?
Ai mira, que voy así. Ya está. Decidido.
A las 6 en punto pasa a recogerme. Me vuelvo a preguntar si quizá será un poco pronto para este vestido tan de noche, pero enseguida me digo que a veces hay que arriesgar. Que no, que a priori no parece una cuestión trascendental, pero que le vamos a hacer, a veces somos capaces de pasar horas ante una resolución banal de este tipo.
No sería la primera vez que cae una llamada a esa amiga que está para todo, para que amable y pacientemente nos ceda su consejo.
¿Habrá algún ámbito de mi vida en el que pueda tomar una decisión con claridad y determinación?
¿Algún día seré capaz de resolver alguna cuestión sin cederle más de 3 horas para que divague con absoluta libertad por mi mente?
Me subo al coche, viene con vaqueros y camisa. Uff, primer tanteo superado. Suena Iván Ferreiro. Bien, vamos bien. Se me escapa una sonrisa despistada. Canto para mis adentros…
“…Ahora vivo aquí, pensé que estaba sólo y descubrí que estaban todos los que importan…”
Miro el reloj, entre música y conversación da las 6.47h. Observo por la ventanilla. Me pierdo entre el aroma de los eucaliptos y la duda de si preguntar hacia dónde vamos.
Noto su mirada, como si hubiese intuido mi curiosidad. Le devuelvo la mía. Sonrío de nuevo. Dejo que el viento que entra despeine mi melena recién peinada.
Cierro los ojos. Respiro. Siento ese no sé qué, y de repente, no queda ni un ápice de la duda patológica que me ha bombardeado durante todo el día. Como de costumbre, en un segundo la mente hace reset y como si nada hubiese pasado.
Y así ando, depositando toda mi energía en querer controlar lo que está por llegar. Para de nuevo, una vez llegado el momento, quedarme con cara de escéptica, ante la importancia que soy capaz de dar a mi propio laberinto mental.
Respiro de nuevo. La felicidad de este instante es mil veces superior a cualquier otro al que podamos dirigirnos. Este vestido combina perfectamente con esta armonía. Mi esmalte de uñas del color exacto de las flores del vestido, no podría sentarme mejor. Sí, esto es mucho más especial de lo que había imaginado.
Mi cuerpo y mi mente se han sorprendido al encontrarse. ¿Así que sólo era eso? ¿Estar y ser en este instante? Ni café, ni playa, ni cena, ni Torre Eiffel, tan sólo estar aquí presente...



4 thoughts on “Dejar que pase”
Eso es, estar aquí y ya está: vivirlo. Genial!
Gràcies guapa!
A veces nos gusta complicarnos la vida , con lo sencillo que es todo. Fluye y punto. Gracias x tu relato, simplemente bonito!!
Sí, que le vamos a hacer… Muchas gracias, a fluir!