
La alegría

Para ella, la alegría es alzarse, que todo esté tranquilo, y que lo que se mueva, lo haga despacio.
No quiere prisas, se cansó de ellas.
Ahora quiere arreglarse, ir a desayunar con sus amigas, comentar qué tal ha dormido esta noche, observar la gente que pasa.
Se siente algo torpe, choca con los marcos de las puertas, y se da con la mesa al levantarse de la silla.
A pesar de eso, la alegría es compartir esa torpeza, y que no le reste fuerzas para levantarse y brotar de nuevo.
Sabe que a veces su mundo se empequeñece, pero entonces abre las puertas, se asoma, amplía las fronteras de su casa, vuelve a sonreír.

No le hables de trabajo, y todavía menos de horarios. Ya no tiene agenda, es la que el cuerpo le marca.
Ella decide sobre qué se va a preparar para comer, y a qué parada del mercado va a acudir.
En ocasiones sigue teniendo la sensación de que necesita coger aire, ensanchar las paredes, abrir las alas.
Pero para ella, la alegría sigue siendo poder ponerse ese jersey por encima del pijama, y dar un paseo por la tarde.
No quiere saber nada de lo que puede o no puede hacer, porque en realidad, lo sabe bien.
Es capaz de recorrer el pueblo en 10 minutos, pero charlará con esa vecina a la que le explicará, que las plantas se le están quedando mustias otra vez.
Los 10 minutos se transformarán en 30, o quizá más, y eso hará la tarde más ligera, más amable.

A veces se siente como una gota minúscula, necesita caminar otras plazas, ver otros mares, respirar otras flores.
Sin embargo, bajo ningún concepto quiere escuchar hablar de mañana, quiere vivir hoy.
Entiende que a veces se detiene el aire que refresca su casa, y entonces, desearía ir a otro lugar, inspirar nuevos olores, ver distintos colores.
Pero a su vez intuye, que en realidad, no necesita todas esas cosas, porque de sobra sabe, que la alegría es quedarse, y si puede ser, que te quedes.

Porque en algún momento, todos nos sentimos como ella, y en todos los momentos, la alegría depende de un gesto.