Último repaso

Último repaso

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En el supermercado al que probablemente no vaya a ir más, me han guardado todas las cajas ya vacías, de las baguettes congeladas que hornean para vender a sus clientes.

Querer cargar con todas ellas de un viaje es algo muy mío y muy loco a la vez. Obviamente he parado unas cuantas veces a recolocarlas porque se me escurrían de debajo del brazo y de entre los dedos.

Desde hace siete años mi lugar ha sido este segundo sin ascensor que ahora está lleno de cajas y maletas por llenar.

Me las miro y me resisto. Cierro los ojos por si pudieran desaparecer de ahí y de repente estar en otro lugar. Cierro los ojos por si esta situación pudiese no estar pasando en realidad. Por ahora debo reconocer que ese tipo de milagro no me ha sucedido nunca, pero aún así lo sigo intentando.

De nuevo no funciona. Debo ponerme a vaciar este piso que dejaré en pocos días.

Dejar un lugar en el que han sucedido tantas cosas que en el momento podían parecer insignificantes y ahora son la vida entera, no es tarea fácil.

Empiezo por los muebles del comedor, o del living, como te gusta llamarlo a ti.

Apilo libros, cajas, fotos, juegos. Amontono todo lo que ocupa tan poco espacio cuando está bien recogido.

Me detengo en cada cosa que voy recogiendo para echarle un vistazo y ver si sigue siendo útil. En este momento lo tiraría todo, pero sería un impulso de pura rabia, y sé que probablemente me arrepentiría, así que hago una selección casi aleatoria.

No pienses, me digo, por Dios, no me dejes pensar ahora. Haz, sólo haz, vacía, ordena, empaqueta, lo que sea, pero haz.

Sin saber muy bien cómo, los muebles se han ido vaciando y las cajas se han ido llenando. Las tengo cerca de la puerta para que vayan sabiendo que su lugar ahora está un poco más lejos de aquí.

Estos últimos días, además de acumular cansancio físico, mental y emocional, me alimento de ensaladas, comidas preparadas y cremas envasadas.

Lleno la última lavadora como el día antes de un viaje en el que quieres dejar todo limpio y recogido. En la nevera hay dos briks abiertos y poca cosa más. Y ya no me seco el pelo porque guardé el secador y la plancha.

Ya no abro el portátil, ya no enciendo la tele, ya no pongo música, ya no enciendo el horno, ya el piso está casi deshabitado de mis cosas.

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Bien, pues hoy es el día de la travesía. La de verdad, la oficial, la de cerrar la puerta y no volver más.

Ya se han bajado todos los bultos (así parece más un viaje), y lo único que queda es una maceta que había empezado a florecer.

La envuelvo con el brazo acercándola a mi pecho como si pudiese compartir conmigo esta sensación de desprendimiento al borde del acantilado que ahora me acompaña.

Ya con el piso vacío, recorro cada una de las estancias recordando lo vivido. Despidiéndome y queriendo llevarme todo lo sentido en este último repaso.

Se me ensancha el cuerpo para dejar lugar a todos los momentos que ahora se amontonan, como esos libros lo hicieron desordenadamente en mitad del living.

Abrazada a la planta que me regaló mi madre, con un nudo en la garganta y como si dejara un apartamento en el que me he alojado durante las vacaciones, dejo las llaves en la mesa y cierro de un portazo.

Y hasta aquí. Hasta aquí esta aventura, esta etapa de la vida que ahora dará comienzo a otra.

En esta brevedad, en este vivir pasajero de idas y venidas, en estos intentos forzados por querer hacer permanente lo efímero, es que dejo este lugar en el que creí quedarme para siempre.

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Y así, como un cambio de piel y como canta Eva, hoy empieza “El principio del final”.

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