
Volar después de chocar

Hoy empieza sus vacaciones y no sabe a dónde va a ir. Pero una cosa sabe, no se va a quedar aquí, cansada como está de escuchar las moscas picar contra el cristal de la puerta corredera. No lo ven, y ella no logra verlas y se pregunta cómo hacen para volar después de chocar.
Perfectamente podría ser ella, impactando contra todo aquello que no ve ni de dónde viene. Como un auto de choque, va de aquí para allá impulsada por esos impactos. Ahí su cuerpo mareado debe mirar alrededor para ver dónde se encuentra, y una vez reubicado empezar de nuevo. Como caer en el pozo y volver a la casilla de inicio en el juego de la oca.
Se gira hacia la puerta del balcón cada vez que las escucha, por si alguna vez lograra verlas y comprender de qué modo se puede seguir tan airosa y como si nada.
No las ve, pero ya que se ha distraído y desconcentrado una vez más, se queda mirando al horizonte y pensando que esas vistas son más de lo que nunca hubiera podido imaginar. Parecen sencillas, pero son un buen pellizco de la vida.
Un pedacito de vida, que aunque bonito, hoy le resulta monótono. De sobras sabe, que cuando todo ha estado en el aire, ha anhelado un poco de esa normalidad, pero es que ahora está cansada de las cosas que no parecen moverse. Y no por ello deja de sentir la incertidumbre ni el vértigo, pero es que a pesar de las golondrinas que han venido a decorar el cielo y las vistas, este sitio está caducado.

Ya su cotidianidad pende de un hilo, pero cautelosa como cree ser, lleva tiempo esperando.
¿A qué? Si nadie va a jugar por ella, porque nadie conoce el juego en el que quiere vivir. ¿A qué? Si no está contenta. Si siente que arrastra sus días mientras se le escapa el tiempo entre los dedos.
No se la juega. No se decide. Sigue las reglas de todas las partidas. Salta de una a otra. Juega a los juegos de todos, pero nunca al suyo propio.
Ella lo sabe. Lleva mucho pensándolo y sabe que es cuestión de tiempo. Es consciente de que en contra de su propia naturaleza, está alargando los ciclos.
Está encajada en su hueco. En ese en el que se ha ido amoldando durante años para equilibrar la pata de la silla que cojea. Pero ella lo que quiere es volar por encima de esos balcones y esa silla está tan rota…

Hoy empieza sus vacaciones y ha salido el sol. Al subir la persiana los rayos ya encendían el cristal, y sucios como están, los ha mirado y ha llegado a tiempo de evitarlos.
Se emociona porque a veces se ablanda con lo más simple, y se pregunta si no podría ser capaz de mirar a sus miedos de frente. Si no podría utilizarlos de guía para coger impulso y lanzarse al vuelo de su propia vida. A uno pequeño aunque sea. A uno cortito a ver qué tal se le da para empezar.
Mira abajo y ve a los niños cruzar la calle de las manos de sus padres dirección al colegio. Nada les asusta, y como un flash de algo olvidado, de repente, como las moscas contra el cristal, ha impactado en su cabeza el recuerdo de cuando ella era niña. Dibujaba en todos los trozos de papel que encontraba. Dibujaba lo que le venía a la mente.
No necesitaba nada, no le importaba lo que pensarían los demás porque todo era aprobado, y sino, bastaba con empezar otro dibujo. Sólo un color, y su mano dibujaba sola.
Recuerda que los guardaba en una carpeta azul que todavía anda por casa, y los que más le gustaban los regalaba y les hacía sus dedicatorias.
Era su modo de expresarse y en cierto modo su libertad. Era su vida, la misma que ahora anhela.
Rebusca en las cajas de debajo de la cama, y entre sus pinturas, encuentra la de una golondrina a la que ella le prestaba su mano como punto de apoyo para echar a volar.

Siente el impulso. No sabe a dónde va, pero saca su maleta y acomoda unas láminas y unos pinceles que quedarán cubiertos por su ropa y sus zapatillas de repuesto.
Le gustaría, a poder ser, que su vuelo fuese un poco más elegante que el surcar interrumpido de las moscas. Para ello, antes de salir, baja la persiana para que dejen de tropezar contra ella, y va a ver a dónde le lleva el vuelo.
