Al verla marchar

Al verla marchar

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Camino por la arena en dirección contraria a ella. Me giro y después de este rato juntas, al verla marchar, me siento más capaz de todo.

Camina sola, tranquila, sin prisa. Nadie la espera y a la vez la vida entera la aguarda.

¿Qué tendrá su presencia que nunca tengo suficiente? ¿Qué tendrá su persona que la hace ser tan especial?

Nos hemos encontrado después de un tiempo sin vernos y hemos paseado por la orilla del mar. La temperatura y el brillo del agua nos han invitado a hacerlo. La arena estaba clara, quizá por el reflejo del sol, como el bello del cuerpo que se aclara bajo los rayos del verano.

Nuestros pies han andado lentamente, no teníamos ningún lugar al que llegar. Nos hemos dado unos segundos de silencio después de la alegría del encuentro y las cordialidades que le han proseguido.

A la primera pregunta de cómo estás, la hemos respondido con un bien por no romper las costumbres, pero no es tan sencilla la cuestión, y suele pasar que la conversación entera no da a basto para contestarla.

Es una pregunta casi tan infinita como lo es la vida, como lo es el horizonte.

Ella es mayor que yo, aunque poco importa eso. Una persona a la que admiro y de la que siempre aprendo algo nuevo. Una mujer apacible, amable, discreta. De esas a las que cuanto más años cumplen, más se les transparenta la piel.

Vive sola porque en un momento la vida la llevó hasta ese punto, y ya ahí decidió quedarse. No era su ideal de vida, pero las circunstancias, y probablemente algo en su inconsciente, dictaminaron por encima de lo que un día pareció su deseo.

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Hasta hace poquito trabajó en una tienda vendiendo productos a granel. Estuvo casi toda la vida atendiendo a esa gente que ahora no deja de saludarla por la calle.

No tiene hijos, y por tanto tampoco nietos, así que se dedica a sus tareas de casa, a pasear, a ir al mercado, a sus clases de yoga…

Me explica que hay días en que se siente plena y cargada de vitalidad. En esos días es suficiente cualquier cosa para sentirse bien. Otros en cambio, le parece que no es mucho lo que hace y tal vez la vida no termine de estar contenta con ella.

Ahora tiene más tiempo para pensar, y a veces le da vueltas a la idea de que pueda haber defraudado por lo que se esperaba de ella, por si tal vez se rindió demasiado pronto.

Yo le explico algunas cosas, pero soy más de escuchar, y escucharla a ella me parece maestría, así que atiendo en silencio.

La conversación anda despacio, como nosotras. Me sigue contando que a pesar de todo no se siente sola. Sale y habla con todas esas personas que conoció en la tienda. Le sirve para volver a casa habiendo escuchado su propia voz interactuando con otras, y dándole compañía para el resto del día.

También tiene algunas amigas con las que a veces va a tomar el café. A veces incluso van a bailar y le dan tonalidades distintas a los días. Cada una tiene su vida, pero durante un rato se encuentran y sus vidas parecen ser una.

En ese momento recuperamos el silencio. Seguramente como el que viene después de esos encuentros, y creo que puedo dar la pregunta por contestada.

A veces está alegre, otras triste. A veces teme haber decepcionado, otras se siente completa. Siente culpa y otras veces se encuentra en paz. Tiene miedo, mientras que otros días nada la asusta.

Me devuelve la pregunta. Me quedo callada. No quiero repetirme, pero lo cierto es que exactamente igual. Y es que no importa la vida que tengas, porque las alegrías y los anhelos son los mismos para todos.

Como el mar, que hoy está en calma y mañana picará contra las rocas expresando su furia.

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La vida, la suya, la de todos, es aprendizaje, es transitar las dos caras de la misma moneda, es saber estar en la alegría, pero también en la tristeza. Es lo que nos une, por encima de lo que nos diferencia.

Me giro, y al verla marchar una parte de mí se va con ella y lleno ese hueco con su presencia.

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