
1000 kilómetros

Me voy a 1000 kilómetros de aquí. A muchos les parecerán pocos, a mí me resulta el fin del mundo.
Fui yo quién pidió ese traslado, pero sinceramente, no pensé que llegaría.
Desde que lo sé, a ratos me falta la respiración. Otros, mi mente queda bloqueada, o me hace creer que todo sigue igual, que esa noticia no ha existido.
La mayoría de gente me diría que no pasa nada, que estaré bien, para inmediatamente cambiar de tema, con la mejor intención de “distraerme”.
Ella no. Ella se ha quedado a mi lado sosteniendo esto conmigo, mientras nos tocan los últimos rayos de sol de la tarde.

Yo, con voz entrecortada, le he pedido si me lo podía volver a explicar, necesitaba escucharlo una vez más.
Ella, con su voz más amable y serena, se ha dispuesto a explicármelo de nuevo, después de apartar la mesa pequeña que nos separa, y acercar su silla a la mía.
Crees que si te marchas, me ha dicho, vas a fallar a alguien, pero no vas a decepcionar a nadie si lo haces. En todo caso, te decepcionarás a ti, por no haberlo hecho.
Ellos te saben querer, así que lo único que desean es que estés bien, que seas feliz.

¿Sabes? A veces nos creemos que por dejarnos de lado, estaremos más disponibles para los demás. Pensamos que ellos nos necesitan, y tenemos miedo hasta de lograr nuestros propósitos.
Nada se derrumba en nuestra ausencia, de la misma manera que nada se construye en nuestra presencia.
La única manera que tienes de devolver lo que se te ha dado, es decir, todo, es correspondiendo con tu felicidad.
Quizá eso sea lo más importante que has venido a hacer. A vivir tu vida.
Debemos ser más honestas, más humildes, más “vivibles”.
Tu misión es ser feliz para hacer felices a los que te rodean.
Te lo han dicho en cada palabra, en cada gesto, en cada mirada. Te lo han repetido consciente, e inconscientemente.
¿No crees que igual ya han hecho suficiente?
Tras recibir lo que no quiero escuchar, para no sentirme sensatamente obligada a arriesgarme, el nudo que me entrecortaba la voz, en parte se ha deshecho, para dejar llegar las lágrimas de emoción a los ojos.

Por enésima vez le pregunto si cree que debo irme.
Por enésima vez me devuelve la pregunta.
Sí, lo sé, voy a hacerlo. Lo he soñado 1000 veces. Tantas como los 1000 kilómetros que me separan de allí.
Pero…
Yo: -¿Y si muero de pena?
Ella: –“Morirás de felicidad. Y nosotros también.”
