
Hacia las profundidades

Al llegar a esta isla, empezamos a conocer el mar. Nos sorprendió la inmensidad del océano y todo lo que guardaba en él.
Resultaba fascinante observar como el agua se movía en olas, mareas o corrientes, según la velocidad con que soplaba el viento.
Empezamos a estudiar cuál sería la mejor manera de adentrarnos en él, para ir hacia sus profundidades.
Mientras lo analizamos, nos dimos cuenta de que estábamos intentando ser tortuga de mar desde la arena.
Aunque no supiéramos nadar, sería en el agua donde aprenderíamos las mejores técnicas de buceo.
Desde la orilla, nos zambullimos mar adentro.
Allí nos sorprendieron lugares oscuros. El mar nos estaba arrastrando a nuestras propias sombras. Debíamos atravesar ese sentimiento de peligro, sumergirnos más allá de las corrientes, si pretendíamos alcanzar de nuevo el océano en calma.
A pesar de su amenaza, el fondo marino nos resultó familiar. No estaba tan alejado de nosotros como nos pensábamos.

En él había tanta luz y tantas sombras como en nuestro interior.
Las corrientes del océano nos mostraron nuestros rencores, temores, envidias, apegos, dolor.
Pero tras todo eso, su cara opuesta, el mar en calma, nos reveló nuestra bondad, compasión, alegría, honestidad, empatía.
Tal vez no nos hacía falta ir tan a fuera para encontrarnos, pero sí nos hizo falta saber dónde estaba nuestra luz, para mirar desde ella.

Miremos hacia dentro, para saber observar hacia fuera.
Regalémonos comprensión y autoconocimiento, para regalar bondad y respeto a los demás.