
Olor a Lavanda

Me levanto temprano. Siento el olor a lavanda que llega del comedor. Ya hace años que es mi cuerpo quien elige cuando nos desvelamos.
No le importa si es domingo o si estoy de vacaciones, y mucho menos a qué hora nos acostamos anoche. En fin, que con legañas en los ojos, me resigno, me calzo las deportivas, y salgo a trotar dirección al mar.
Por el camino voy esquivando a todos los gatos que como yo, acaban de despertar. No parecen tener un destino. Van sin prisa, sin dirección y sin dedicarse ninguna mirada atenta.
Aún no ha salido el sol y debo admitir que me fascina correr a esta hora.

El olor a sal se funde en una extraña y perfecta unión, con el aroma que desprenden los hornos repletos de croissants que no tardarán en ser devorados en esas terrazas frente a la playa.
Estamos en agosto, ese mes casi oficial de vacaciones, en el que te haces una lista mental, de todo aquello que quieres hacer, cuando todavía parece que va a tardar años en volver a llegar la rueda de la rutina.
Para distraer mis piernas cansadas y el corazón acelerado, la mente me entretiene recordándome que esta noche, vamos a cenar a casa de una amiga, de paciencia infinita y generosidad sobrehumana.
Su balcón estará perfectamente decorado.
Plantas de flores rosas y olor a lavanda, adornos playeros, y ese conjunto de mesa y sillas tan cuco, en el que eso sí, apenas entran nuestros traseros y mucho menos nuestros platos de picoteo.

Estar y sentirse monísima. Aunque en media hora máximo, hayamos ido en busca de un par de cojines para acomodar nuestra verborrea, y hayamos acabado comiendo a un metro de la mesa, con el plato en el pecho y con las manos.
Ella me contará el miedo que le da ser madre, y yo le contraatacaré con el miedo que me da cambiar de trabajo.
Nos convenceremos de que los cambios, a pesar del pánico y la incertidumbre que provocan, no hacen más que ponernos frente a nuestras propias limitaciones.
A pesar de hacernos temblar, de no dejarnos escapar, y de intentar decirnos de nuevo, que quizá ya estamos bien con lo que tenemos, lloraremos de emoción, al pensar que está en nuestras manos, que lo conseguiremos, que nos lo merecemos.
Vamos a hacerlo, vamos a ser felices, y a lograr lo que anhelamos, y qué se asuste el miedo de nosotras. Por que sí, seguimos teniendo edad para tener miedos, pero sobretodo para trascenderlos.
Y cuando hayamos expuesto todos nuestros temores, que no son pocos, y ya no nos asusten, tiraremos de recuerdos, de encuentros y anécdotas de esas que por más que las expliques con todo detalle, sólo nos hacen gracia a nosotras.
Y con toda esa calma y esa alegría, nos iremos a dormir tarde, y mañana despertaré igual de temprano, pero con una sonrisa bonita que hará sombra a mis ojeras.
Me calzaré las bambas, y saldré a acelerar el ritmo de los gatos que cada mañana, se sorprenden de nuevo al verme pasar.
Miro el reloj, por hoy he corrido suficiente. Se ha hecho de día, voy a darme una ducha, a ponerme el bikini y a disfrutar ese croissant que ya habrá salido del horno.

Si eso, mañana os cuento cómo ha ido la cena…