
El calor del verano

Con la llegada de la lluvia, parece que se va derritiendo el calor del verano.
Abre el armario en busca de un jersey que caliente sus brazos congelados.
El piso también está frío, pero se resiste a cerrar las ventanas, prefiere escuchar el sonido de la lluvia, envolviendo esta mañana.
Enciende una vela para hacer más acogedor el espacio, y calmarse con el bálsamo que desprende.
Tiene tiempo por delante. O eso quiere creer.
Faltan horas hasta que llegue esta tarde, marcada en el calendario a expensas de lo que pueda pasar.
Hace tiempo que sienten algo, pero todavía no saben que forma va a tomar.
Se miran y se hablan sin decir nada. No lo han decidido, tampoco pueden controlarlo.
Una emoción les impulsa. Una emoción llamada amor, llamada entrega.
No se conocen, y a su vez, sienten un deseo. No saben que les llama, sólo atienden a su ser.
Los hechos les acercan, pero no les dejan a solas.
No saben por qué se quedan, pero lo hacen, de la misma manera, que saben que algo va a llegar, pero no les preguntes el qué.
No hay motivos, ni discursos, ni excusas, ni pretextos.
Hay emoción, hay sinceridad, hay honestidad, hay valentía.
Esta tarde se quedarán a solas. Se abrazarán, mudos, inmóviles. Tan sólo escucharán el latir de sus corazones y volverá el calor del verano.

One thought on “El calor del verano”
Dejar que las cosas pasen. Sentir y no querer controlarlo todo.