
Las piedras del camino

Llega el olor de la cocina de las croquetas que estás preparando. Mientras tanto, me decido a pintarme las uñas de los pies a estas alturas del verano. Voy tarde, lo sé. A veces me pasa.
Como cuando me veo en el suelo, después de haber tropezado una vez más con una de esas piedras del camino.
Sé dónde está, la tengo localizada, a veces consigo bordearla, otras incluso saltarla. Pero hay ocasiones como hoy, en que cuando me quiero dar cuenta estoy en el aire.
Estiro los brazos e intento alargar las piernas, con la intención de prolongar mi cuerpo al máximo, como si fuese un chicle Boomer, a ver si así consigo reducir su impacto contra el suelo, y hacer la caída más liviana.

La piedra es pequeña, en momentos minúscula. Otras voy tan segura que ni la veo, y una vez la he pasado, descubro que ni la he avistado.
Luego están los días que acabo con el cuerpo lleno de moratones y rasponazos.
Voy cambiando el calzado, a ver si doy con el que se adhiera mejor al terreno y evite la caída.
Llegará el día en que igual me decido a apartar las piedras antes de empezar a correr. Ese día descubriré, que al ir a ponerles las manos encima se desvanecerán, se volatilizarán como el aire.
Porque eso es lo que son. Piedras que he construido con mis propias manos, a base de crearme limitaciones y obstáculos. Y claro, acabo en el suelo. Si no creo en mí, acabo en el suelo.
Y duele, sí, pero de alguna manera hay que caer, y que mejor que haciendo lo que me gusta.
Voy aprendiendo, que de eso se trata. Como aún estoy aprendiendo a pintarme las uñas sin esmaltar la carne de alrededor. Como todavía estás aprendiendo a hacer esas croquetas.
Estamos aprendiendo. Estamos viviendo.

2 thoughts on “Las piedras del camino”
Sí es así: somos nosotros mismos que nos ponemos los límites y nos cuesta avanzar, pero aprendemos y vivimos.
Siempre!