
El apego

El apego parece amarrarse mientras la vida marcha y vamos dejando historias atrás. Personas, experiencias, trabajos, maneras de sentir.
Avanzando resulta inevitable distanciarse de todo aquello que no camina al mismo ritmo que nosotros. No hay mucho que decir ante eso. Entre los mil caminos posibles, hay elementos que nos acompañan y otros que se desvían.
Hasta ahí todo comprensible, todo más o menos bien.
Luego viene el asentimiento ante todo aquello que queda a la cola a nuestro pesar, y los pactos de convivencia a los que tenemos que llegar, con lo que nos sigue acompañando y abrumando.
Quedamos atrapados como insectos en una telaraña, a resistencias, apegos, temores. Nuestro sentirnos desprotegidos, desanudados, desatendidos.
Esperar de los demás lo que no nos damos a nosotros, es una asignatura pendiente que traspasó épocas de evaluaciones y de cambios.
Nos amarramos a todo, no vaya a ser que nos caigamos y al levantarnos aprendamos algo nuevo. No vaya a ser que nos envalentonemos y cojamos las riendas de nuestra vida. No vayamos a tomar nuestras propias decisiones, y por aquellas cosas pudieran ser las correctas.

A veces optamos por atarnos para no volar demasiado alto, para no vivir demasiado felizmente, para no expandirnos ni dejarnos brotar en exceso.
Somos capaces de pagar el precio más alto por no soltar esos ligamentos ocultos e inconscientes, que nos impiden avanzar en aquello que nos hace bien a nosotros, a los demás y probablemente al mundo.
Pagamos la moneda de dejar atrás aquello que nos enamora, que deseamos, que sabemos hacer con soltura y agrado.
Cuántas veces nos apegamos al desánimo, a lo que pudo ser, a lo que ya mudó. Cuántas veces nos guardamos la tristeza de lo que fue y lo que no fue.
Cargamos con todo ello y lo llevamos a todas partes con nosotros. Lo fijamos a nosotros como una estrella de mar se fija con sus ventosas, dejando que todo se tiña de derrotismo y sea poco lo que logre fluir.

Como si pisáramos un chicle en cada pisada, nos pesan las ataduras. No podemos dar ni dos pasos por miedo a ser libres, y tampoco nos permitimos aceptar que nos volvemos adictos al apego que nos frena y nos invalida.
Necesitamos ser honestos con nosotros mismos. Comprender que es nuestra elección vivir desde ese lugar y no desde cualquier otra opción posible.
Vivimos deseando inyectar ese apego, ese miedo en el interior de un globo. Anudarlo como nos anudamos a lo que quedó atrás, dejarlo ir, y observar cómo se alza lentamente y se integra con las nubes.

Necesitamos dejar de protegernos, retenernos y defendernos, permitir que el cielo aclare.
Nos urge saber que el desapego no nos hará descender en caída libre. No quedaremos descolgados y tampoco desanclados. Precisamos concebir que el desapego es sentirnos merecedores de nuestra alegría.
Necesitamos elegir poner el pie en la baldosa libre de chicle, y dejar espacio y aire para que vuelen la libertad, la inspiración y el talento.

Ese es nuestro valor. Lo que nos da el coraje y la fuerza para salir a mostrar la excepcionalidad de cada uno.