
En el mismo equipo

Recuerdo cuando jugábamos en equipos distintos. Rehuía tu mirada, admiraba tu fortaleza.
Todo ello me hacía sentir inferior. Ante ti, sentía el miedo en mí. Evitaba entrar a formar parte, de cualquier jugada que protagonizaras.
Me colocaba entre los demás jugadores. Desde ahí, simplemente peloteábamos en la misma cancha y en el mismo partido.
Con el tiempo, se fue transformando en algo incómodo. Nuestra distancia me parecía irrompible. Al salir a la pista, esa creencia se había convertido ya, en mi mayor limitación.
Esa suposición me impedía jugar, saberme válido, dar lo mejor de mí.
Hasta que un día, me vi sólo ante ti, mi equipo merecía la jugada más sobresaliente, y ese compromiso me bastó.

Semana tras semana, parecía que empezabas a mostrar tus flaquezas, frente a mi vigorosidad. O quizá todo eso lo provocó mi creciente seguridad.
Sea como fuere, de repente estábamos hechos de lo mismo. De vaivenes, de creencias, de emociones. De nuestra manera de enfrentarnos a todo ello.
Dejar de confrontar nuestras diferencias, y dar lo mejor de cada uno, hacía destacar nuestras jugadas comunes cómo nunca. Nos convertía en jugadores del mismo equipo.
La lucha diaria nos hizo iguales. Enfrentarnos a nosotros mismos, nos permitió colocarnos uno frente a otro, sostenernos la mirada, trascender y comprender, que juntos éramos más brillantes, más poderosos.

Mi miedo a ver tu firmeza, no era más que el miedo a ver la mía.
Tu miedo a observar mi debilidad, no era más que el miedo a ver la tuya.
Ver en el otro, lo que no vemos en nosotros. El miedo a saber, que todos formamos parte de todo.
Andemos con los ojos abiertos, miremos a quien tenemos enfrente, porque tiene mucho que mostrarnos de nosotros mismos.
Y es que, donde estuviste tú ayer, estaré yo mañana.
