
Con amor

He encendido una vela por si su luz centelleante pudiera inspirarme. No sé qué decir. El cansancio me deja sin palabras y casi sin emoción. Solo puedo escuchar a mi cuerpo pidiéndome parar. Diciéndome que no pasa nada si descanso. Si me siento en el sofá, o me recuesto en la cama y me dejo hipnotizar por las fisuras de la pared. O si pienso en todas esas cosas que quiero y confío que voy a hacer, aunque todavía no sé cómo.
Puedo incluso pensar en ti. O en ese amor para siempre en el que tantos años creí. Y una cosa me digo a mí misma; es probable que crea más en ese amor de lo que haya podido hacerlo nunca. Es más que posible que mi concepto sobre él se haya transformado tanto, que hoy crea firmemente que el amor para siempre no es solo una ilusión, sino una realidad eterna y constante.
El amor, como tantas cosas, no es lo que creía.
Sostuve como una antorcha encendida que me iluminaba, la idea de que siempre me iban a mirar como el primer día. Siempre me iban a ver con el reflejo de las estrellas en mis ojos. Sujeté, a pesar del calor de las llamas, mi deseo de ser un ser especial. Pero el cuento fue mutando y en el vaivén de sus páginas azotadas por el viento y la nostalgia, comprendí que no. No es así. No es eso, y no por ello es necesario caer en el desamor. En el “te quiero”, pero tal vez mañana deje de hacerlo. En el “parece que será eterno”, pero sigo levantando murallas para que no duela demasiado si todo cae de un plumazo en cualquier momento.
Quien más y quien menos, hemos sentido alguna vez que se nos rompía el corazón, y sabemos de cada uno de los mil pedazos que luego hay que reconstruir. No es fácil, hay que ponerse el arnés y los cascos e ir en busca de las ilusiones hechas añicos que quedan esparcidas y escondidas en mil recovecos. Y por qué no decirlo, un poco sí nos gustan los derribos. Esa tristeza “justificada” o ese lloro de niña desconsolada esperando alguna mirada atenta. Suplicando un poco de amor.

Pero llega. Aprendes a construir bonito, y ya no apetecen tanto las ruinas ni los llantos. Los fines infundados y caprichosos, y ese victimismo agotador, absurdo y sin sentido.
La vida deja sin palabras a ese ser inconformista, que todo lo quiere y nada lo agradece suficiente.
Sin embargo, el amor es algo mucho más grande que nada tiene que ver con el “felices para siempre”.
En las páginas del nuevo cuento se escribe el amor como entrega, como respeto, como la aceptación de uno mismo y del otro. El amor como empatía y como saber que nadie es de nadie. Que no nos necesitamos y, sin embargo, nos gusta estar. Que podemos vivir sin el otro, y a pesar de eso, elegimos quedarnos. O marcharnos. Qué más da.
Es esa puerta que se abre dejando pasar aire fresco y renovado. Es verte levantar por la mañana y inventar un nuevo día. Salir al balcón, ver a ese vecino que se marcha, y creer que va a un lugar mejor. Que se ilumine el móvil, y que se lea tu nombre. Levantar la persiana, y que el cielo esté despejado. Mirar por la misma ventana. Esas flores en la mesa. Un desayuno al sol. O ir a ese café, sacar una libreta y dejar pasar el tiempo. Es verte reír y que ese sea mi mayor logro.

El amor es ese paseo frente al mar, ese prado amarillo en primavera. Es el esfuerzo, la risa, y el llanto. Habita en cada gesto, en cada intención, y en cada afán por ser mejor. El amor es interminable y es para siempre porque es lo único capaz de mantenerme en pie, la única manera de creerme el cuento. No el de princesas, sino el de verdad.
Amor es escribir cuando no hay nada que decir, y amor es irse a la cama cuando el cuerpo lo pide y dejar que al fin llegue la calma.
Con amor,
Sal de Colores
